Tribuna Libre de 9 Septiembre 2008 en Diario de Valladolid EL MUNDO
Peñistas: ¡A divertirse tocan!
Cuándo veo a toda esa juventud alborotada, con sus camisetas peñeras y saltando a tutiplé por las calles, divirtiéndose, disfrutando con la fiebre propia que provoca la fiesta y el jolgorio, no puedo evitar sentir cierta nostalgia de aquellos tiempos ya pasados en los que a mí también me pedía el cuerpo disfrutar de la misma manera. Quizá, como solemos decir siempre al evocar tiempos pasados, las cosas fueran de otra manera, no tan desaforadas o incluso no tan nocivas, pero que duda cabe que el hecho de divertirse es algo que, queramos reconocerlo o no, viene de serie con nuestra naturaleza y cuándo se es joven y vital, se busca cualquier ocasión para darle rienda suelta.
Otra cosa es las maneras y los medios, aspectos que aunque lleven implícito el fin de la diversión, pueden no venir acompañados de la comprensión y aceptación.
Una mujer de una tienda de golosinas, supongo que fastidiada por el griterío de muchos chavales a la puerta de su establecimiento, se me quejaba el primer día de ferias de las peñas y su forma de divertirse, emulando al mismo tiempo esos otros tiempos dónde, y según sus propias palabras, las cosas eran de otra manera, sin tanto alboroto, sin esa algarabía a su juicio gamberra y desenfrenada.
No quise contrariarla. La opinión y los juicios son algo que se forja a través del libre pensamiento y equivocada o no, para esa mujer, la fiesta y la diversión tenían otras connotaciones bastante alejadas de lo que percibía en la calle y en la juventud. No obstante, me dio ocasión de ponerme un poco en situación, es decir la de ponerme un poco en la piel de quienes estos días se abanderan bajo nombres de peñas como la brigada Pocoyo ( la de mi hijo, sin ir más lejos), Hijos de Baco ( todo un tributo al vino) u otras de singular nomenclatura, y no pude por menos que reconocer el hecho fehaciente de que sí en mi caso no salí por Valladolid en ferias de tales guisas y con tanta efervescencia juerguista, fue porque no tuve ocasión ni existían las peñas. A todo hay que buscarle su esencia y si muchos de mi generación nos tomamos las ferias vallisoletanas con menos alharacas festivas en la calle fue porque no se nos ocurrió organizarnos más allá de nuestra panda y hacer lo típico: deambular por la calle y ver algún concierto en la Plaza Mayor. De haber tenido la capacidad en aquellos días de organizarnos en peñas y dar rienda a nuestro ímpetu festivo, quién sabe lo que muchos podríamos contar hoy.
Pero aún voy más allá. Organizarse en peñas, pese a que en Valladolid llevemos a lo sumo diez años, es algo que en los pueblos se ha estilado siempre, como se ha estilado la limonada peleona, el bebercio y la inevitable borrachera.
No trato de justificar ciertos comportamientos, no hay que confundir las cosas, pero sí ser consecuentes con unas conductas que ni son de ahora ni son patrimonio de la juventud que hoy quiere vivir con intensidad la fiesta. De alguna manera y casi por herencia, hemos trasmitido a los peñistas de hoy que divertirse viene asociado a beber para ponerse más alegre, y he ahí la madre del cordero y las cruces que muchos se hacen al ver correr ríos de alcohol en las venas de los jóvenes y en la propia calle; nos vemos en la posición de adultos asentados en nuestras responsabilidades y no nos gusta lo que vemos. Muchos menos si somos padres de adolescentes a quienes no nos queda otro remedio que dejarlos salir de casa con sus amigos.
Pero así son las cosas. Hoy les toca a los casi 11.000 peñistas de Valladolid, divertirse y vivir la fiesta con la algarabía propia de la juventud y aunque lo deseable es que todo siguiera unos rigores más sanos, no sólo a la hora de hacer uso de la diversión, sino también de cuidar sus aún lecherines cuerpos, lo cierto es que no debe parecernos mal que tomen la calle, chillen, canten, salten, se mojen, se abracen, se aúpen o hagan sus sentadas en la calle.
Eso no es otra cosa que vivir la fiesta y salvo por los comas etílicos, las vomitonas, los orines y suciedad varia que dejan, cosas que nos corresponde a todos corregir y direccionar como sociedad, en consecuencia no debe parecernos extraño ni inadmisible que las peñas tomen la calle y quieran divertirse. Que ya no sea nuestro tiempo, no significa que no lo sea para otros, y puestos a mirar atrás, el que esté libre de pecado, como bien dice el dicho, que tire la primera piedra. Lo único que podemos decir y de hecho debemos decirlo es que no todo justifica la diversión, pero a divertirse en las fiestas de una ciudad como Valladolid, los jóvenes y todos, en definitiva, tenemos derecho y así debemos entenderlo y aguantarlo. Y total, puestos a ser positivos, son nueve días de fiesta que, como tantas otras cosas, pasarán y las ovejas volverán al establo.
Pilar Martinez Fernández.