Tribuna libre publicada en Diario de Valladolid EL MUNDO 30 julio 2008        

 

                De lenguas y almas provincianas

 

Hace más o menos un mes, decidí adherirme al manifiesto en defensa de nuestra lengua común, el castellano. Al principio, pensé que tal iniciativa era muy loable pero no demasiado vinculante a la hora de la verdad. Sin embargo, enseguida me di cuenta de que, si bien no era vinculante, se hacía del todo recomendable adherirse a la causa ante las respuestas contrapuestas que el manifiesto desataba en quienes eran contrarios a él y cuánto enumeraba.

Lamentablemente, asistimos al desatino de cuatro deslenguados parapetados en dialectos autóctonos frente a esa lengua que todos los demás entendemos como común sin perjuicio de otras vernáculas.

Pero ya se sabe, nada hay tan valiente como la insensatez y puestos a ser testigos de hazañas nada notables, ahora toca soportar una vez más tonturas y empecinamientos en nombre de la lengua.

Lo cierto es que, en el fondo, o quizá no tan en el fondo, existe un sentimiento que, por esas cosas de los eufemismos, se ha dado en llamar nacionalismo, pero en realidad y en mi modesta opinión, no es otra cosa que un provincianismo en toda regla.

Del provinciano, sin que necesariamente sea algo reprobable por su  elegida condición de habitabilidad pues al fin y al cabo de una manera u otra lo somos todos por el hecho de vivir dónde lo hacemos, siempre he pensado que llevado a  pésimos extremos, era aquel o aquella persona con escasa o nula inquietud por mirar más allá del lugar en el que vivía, de tal manera que, su celo sólo consigue abarcar aquello que por conocerlo bien, lo considera único y lo mejor, y por tanto, todo lo demás, superfluo e incluso una amenaza.

A vista de pájaro, y no precisamente de buen agüero, en esta España meridiana nuestra, de un tiempo a esta parte, ese alma provinciana esta aflorando con especial virulencia. Y, como ciertamente, no entiende de unidad ni de características comunes, mucho menos consigue ver las bondades de cuánto puede reportarle forma parte de un ideario común porque sólo entiende que lo suyo es lo que debe prevalecer,  todo aquello que venga con ánimo de cohabitar, o bien ocupa un plano secundario o lo desecha sin más.

En esta línea concienzuda  caminan algunos paisanos provincianos de Cataluña, Baleares, Galicia y País Vasco. Puede no gustar dicho calificativo, me hago cargo,  máxime cuándo hoy se tiende a edulcorar y a decorar con eufemismos pero, en castellano, es la manera que se tiene de llamar a quienes sólo se preocupan de cultivar y alimentarse de cuánto dan sus lindes comarcales. En catalán, en euskera y en gallego, que le den el adjetivo que quieran. A buen seguro, no le darán el mismo. Eso sería como reconocer que hay algo común, y eso, a estas alturas de la película, no puede ser. Demasiados esfuerzos empleados en el cambalache lingüístico  dónde tanto les estorba el castellano como para dejar sin traducción literal cualquier palabra o concepto llamado a menos.

Pero ironías a un lado, este merece ponernos en situación y hacer algo de memoria. Hubo un tiempo no muy lejano en el cual, desde esos mismos territorios, muchas voces se alzaron en favor del  bilingüismo para no perder su raíz y su lengua propia. Pedían que cohabitaran junto al castellano sin perjuicio alguno. Hoy, sin embargo, lo que son las cosas: aceptado el bilingüismo las pretensiones son otras y los perjudicados aquellos que soportan las consecuencias  de una arbitraria imposición de las lenguas autonómicas en el lugar que viven y dónde son educados sus hijos. Lejos de aplicarse ese bilingüismo reivindicado, se aplica contra el castellano el imperativo “ quitaté tú que me voy a poner yo” para imponer un monolingüismo autóctono y cerrado con la pretensión de ganar parlantes valiéndose, como sólo el provincianismo es capaz de jugar su baza, de la exclusiva utilización de la lengua autóctona en todos y cada uno de los ámbitos sociales y educativos.

Puestas así las cosas, la batalla lingüística entre el castellano, lengua común, y lenguas cooficiales, es cuándo menos, inevitable. El bilingüismo natural entre lengua oficial y lenguas cooficiales en ciertas autonomías, hoy no es un hecho. Ojalá lo fuera. No harían faltan ni manifiestos a favor de la lengua común castellana ni controversias desatadas en torno a cuántas bases explícitamente enumera. Tampoco grandes y modestas firmas apoyando el texto, ni medios de comunicación suscritos y comprometidos con la causa. Menos aún se daría ocasión a que fuera aprovechada la coyuntura políticamente. No habría nada que discutir ni en castellano, ni en euskera, ni en catalán o gallego porque coexistirían sin perjuicio de la una sobre las otras, pero tanto han sacado la lengua a pasear los nacionalismos provincianos, tanto pretenden imponerla como lengua vehicular en lugar de aquella que es común y oficial en España que, no ha quedado más remedio que levantar un gran espigón frente al oleaje lingüístico autonómico.

 En definitiva, hoy existe una  batalla lingüística que a muchos disgusta, a no pocos amenaza con perjudicar, y sólo a unos pocos provincianos, conviene. La opinión de esta escribiente, que no oculta su celo por ese castellano universal heredado, es que nuestra lengua común, la que tiene millones de parlantes dentro y fuera de España, nunca ha separado, siempre ha procurado unirnos. No creo que exista, en nombre de la lengua, principio y fin más noble. Todo lo demás, digan lo que digan y en la lengua que lo digan es, pura alma provinciana llevada a un despegado extremo.

                                   

Pilar Martínez Fernández.