
El cura " Rojo" de La Pilaríca. Reportaje publicado en Diario de Valladolid EL MUNDO. Autor Enrique Berzal de la Rosa ( historiador).
Buenaventura Alonso...Padre Ventura nos dejo. Un tributo a quién mucho sembró como sacerdote jesuita y como hombre.
Hasta siempre Padre Ventura...
Hay personas que al marchar dejan profunda huella allí dónde estuvieron. Por eso, cuándo se van, no es fácil decirles adiós aunque sea inevitable.
Pero creo que, precisamente por esa huella que dejan, es más fácil también recordarles.
Algo así pasa en La Pilarica con el Padre Ventura. Se nos fue un lunes 18 de febrero y desde ese día, el latido profundo de este barrio no deja de hacerse sentir en sus calles y en la gente.
Cuentan quienes le vieron en su lecho de muerte que, sin su característica barba rasurada por higiene en el hospital, pareciera que la muerte le hubiera devuelto aquel semblante jovial de sus primeros tiempos como sacerdote en el barrio de La Pilarica. Incluso su boca parecía querer en cualquier momento esbozar una leve sonrisa.
Quien sabe. Quizá eran meras líneas de serenidad dibujadas en su rostro después de una vida activa e intensa como sacerdote. O quizá la imagen de un alma consumada en aquello para lo que había sido destinada, pero de cualquier manera, la paz se había instalado en su cuerpo después de no poca historia sobre sus espaldas.
Sin duda fue un cura diferente. Muy querido por muchos, pero también cuestionado por algunos, fue a todas luces un cura de trinchera, de los que se bajaban del pulpito para mezclarse con la gente y hacer suyas todas sus zanjas hasta ayudarles a salir de ellas.
Su aspecto, alejado de encorsetadas sotanas, siempre me pareció propio de un ermitaño. Barba siempre larga y espesa, ropa rudimentaria. Pareciera no tener demasiado apego por su apariencia algo enjuta. Sin embargo, su espíritu era el de un misionero. Un auténtico misionero al servicio de “ su iglesia”, una iglesia abierta a los jóvenes, a los estudiantes, a los obreros, a los niños...Todo tenía cabida para un cura que entendía como nadie lo que le preocupaba a la gente.
Se dice que fue hermano de Millán Santos por su manera de hacer iglesia y de entenderla. Lo que para nadie fue nunca secreto es que, el Padre Ventura, rojo o encarnado, estaba allí dónde la gente le quería, dónde se le necesitaba, bien abriendo las puertas del templo de la Pilarica a la clandestinidad en unos tiempos de efervescencias políticas o bien reclamando el arreglo de calles encharcadas o promoviendo colectivos juveniles y vecinales en un barrio dónde supo entender como nadie la necesidad de sacarlo de su amilanamiento.
Hoy, en La Pilarica, todo cuánto hizo Ventura Alonso, no sólo se recuerda. Su semilla sigue germinando. Su labor sigue cosechando frutos porque continúan aquellas iniciativas que echó a andar. Aquellos jóvenes y niños que fueron de campamento con el Padre Ventura, aquellos vecinos que formaron asociación para trabajar por el barrio, aquellos obreros de Fasa y de la construcción, estudiantes, adolescentes que formaron un grupo de jotas, aquellos cristianos en definitiva que formaron “ su iglesia”, hoy continúan. Han crecido, otros han dado ya el relevo, pero la semilla del Padre Ventura sigue dando fruto. Por eso, Pilarica lloró el 18 de febrero. Acababa de perder a ese hombre comprometido que, a su manera, había sabido dar al barrio y a sus gentes una identidad, una vida más allá de la opresión y la marginalidad.
Sus últimos años, Ventura Alonso no los pasó en La Pilarica muy a su pesar. Nunca le dejaron regresar y cuentan quienes mantuvieron con él una cercanía que, su deseo era morir en el lugar que dejó tanto de sí mismo. Pero la vida o la voluntad de otros, truncó ese deseo.
El día que se supo que había abandonado este mundo con 86 años, la conmoción recorrió todos los rincones de Pilarica. Los periódicos se hicieron eco de una noticia que si bien muchos se lo esperaban, a esos mismos y a quienes habían estado más enajenados, les dejó tocado el corazón porque no había muerto un sacerdote, como dije antes, había muerto Ventura Alonso, el Padre Ventura.
Pero, cuándo alguien deja tanta huella en un lugar, nunca nos dice adiós. En mis recuerdos siempre habrá un lugar para esa imagen que siempre tuve de este sacerdote jesuita: mirada vivaz, barba hirsuta y esa voz melodiosa pero a la vez contundente. Y cómo en los míos, en los de mucha gente que llegó a conocerle más íntimamente y que a buen seguro podrían hacer más extensas aún estas líneas en su memoria, pero lo importante es que el Padre Ventura, con ese esbozo de sonrisa que parecía querer brotar de su semblante en su lecho, no nos ha dicho adiós. Nos ha dicho “ hasta siempre”, y lo dirá mientras Pilarica, su barrio, siga caminando por la senda que él inició y que muchos luego siguieron.
La moraleja y grandeza de su vida, son simples de resumir; supo hacer lo que muchos cristianos esperan de la iglesia y de quienes se llaman servidores de ella: comprometerse con la realidad de la gente y hacerla suya. Un ejemplo que quizá debiera imponerse en lugar de juzgar la controvertida trayectoria sacerdotal de Ventura Alonso, “ el cura rojo”. Porque, al fin y al cabo, qué más da si lo fue o no. Si en Pilarica, tanta gente lamenta su muerte, habrá de ser porque en vida hizo lo que siempre quiso hacer por la realidad que lo inundaba; el bien y lo justo para todo el mundo. Y “ a su manera”, lo hizo. Con sus errores, por los que fue castigado, pero también con sus muchos aciertos, por los que es de justicia recordarle.
Así pues, por todo ese bien que sembró y que aún sigue germinando, no le digamos adiós, queridos vecinos de La Pilarica y cuántos le conocieron.
Digámosle, hasta siempre. “ Hasta siempre, Padre Ventura” porque, como dice una canción de misa; su espíritu “ sigue vivo entre nosotros”.
Pilar Martinez Fernandez.
EL parroco del pueblo llano que impulsó la democracia
