La abuela estaba acurrucada en el sillón de mimbre echando una de sus acostumbradas siestas. Andrea la miraba. No podía comprender cómo su abuela podía pasarse tanto tiempo dormida.

 -Abuela, despierta, le dijo la niña bajito a la vez que le movía las manos con suavidad.

La abuela se movió ligeramente pero no abrió los ojos.

 - ¿ Qué estará soñando la abuela?, se preguntaba Andrea mientras no dejaba de mirar el rostro sereno de su abuela.

 -Abuela, despierta...quiero que me cuentes lo que estabas soñando, le dijo al oído.

 -¿ Eh...?, dijo la anciana en un quejido mientras abría lentamente los ojos.

-         Que me cuentes lo que estabas soñando..., dijo nuevamente Andrea.

La abuela, con los ojos ya completamente abiertos y algo humedecidos miró a su nieta fijamente

 -Ay, mi niña, me quedé dormida otra vez, dijo esbozando una sonrisa.

 -¿ Qué soñabas?

 -Pues..., soñaba que estaba en el mar.

 -Y...¿nada más?, preguntó insistente la niña.

La abuela se quedó por unos instantes con la mirada pérdida. Sus ojillos cansados y con esas lágrimas perpetuas a punto de resbalar del lagrimal, se quedaron fijos en un punto de la salita mientras Andrea no dejaba de mirarla.

La niña, poco dispuesta a dejar a su abuela en ese estado de abstracción, siguió interrogandola.

 -¿ Cuantas veces has visto el mar abuela?.

La anciana, suspiró a la vez que volvía de ese lugar en el cual aparentemente se había perdido.

 - No lo he visto nunca.

 - Entonces....¿ como puedes soñar con el mar si nunca lo has visto?.

 - Pues..., no lo se.

La abuela, volvió a perderse en lo infinito de sus pensamientos. Se sentía cansada, vencida por ese tiempo ya vivido. Cuando estaba despierta, sólo quería permanecer sentada en ese sillón de mimbre. Agradecía que su nieta de vez en cuando le hablara y le contara cosas, eso la entretenía mucho, bueno eso y...Milo. El truhán del gato, de vez en cuando aparecía y saltaba sobre su falda para que le diera su ración de mimos.

Andrea decía que el ronroneo de Milo hacía dormir a la abuela, pero lo cierto es que, a la abuela, le hacía falta muy poco para dormirse. Era normal después de un rato de caricias en el lomo suave del gato, ver a los dos dormir cómo benditos, la abuela con la cabeza hacía atrás y la boca hundida y Milo, hecho un ovillo encima de sus piernas.

Pero ahora, la anciana estaba despierta y Andrea, curiosa, quería saber lo que le pasaba por la cabeza a su abuela.

-         ¿ En que piensas?, preguntó de nuevo Andrea.

- Pues pienso en que me hubiera gustado conocer el mar; debe ser inmenso.

 - Pues no lo se, dijo Andrea, yo tampoco conozco el mar, pero si quieres...podemos ir a verlo un día. Seguro que de la estación sale algún tren que lleva hasta el mar.

- Uy no, mi niña. Yo ya soy vieja y los viajes... me gustaría mucho pero mis piernas, no son cómo las tuyas, dijo con cierta nostalgia.

Andrea se quedó pensativa. Hasta ese momento, no había sentido curiosidad por conocer el mar, pero ahora que su abuela lo había mencionado, se preguntaba cómo sería. ¿ sería tan grande como dicen?, ¿ tan azul?...

 - Abuela, no te duermas. Enseguida vuelvo. Voy a buscar algo.

La abuela miró a Andrea desconcertada.- ¡ Qué niña esta¡ ..., pensó, cuanto me gustaría tener su energía.

La niña corrió hasta la habitación contigua. En un estante había libros, muchos libros.

Se subió a un taburete para poder leer los títulos; leyó de corrido uno por uno. Ninguno parecía encajar con lo que andaba buscando. Cogió uno y lo hojeó. Tenía muchas páginas y la letra muy pequeña.

- Uf...se quejó Andrea, cualquiera lee este libro, además no parece que hable del mar.

Siguió buscando en otro estante. Tambien allí había libros de muchas páginas. Andrea les veía con los lomos muy gruesos.

- Aquí solo hay libros para mayores, se dijo...no hay cuentos.

 Cuando ya estaba a punto de darse por vencida, pegado al lateral del estante, la niña vio un libro delgado y más alto que los demás; lo sacó del estante y leyó el titulo en letras grandes y doradas: “Buscando caracolas”.

Andrea entusiasmada, volvió a leer el titulo en voz alta.

- “ Buscando caracolas”. Seguro que es un cuento y habla del mar, se dijo.

Y corrió toda alborotada hasta donde se encontraba la abuela que, nuevamente, se disponía a quedarse dormida con el gato en su regazo.

- Abuela, no te duermas. Mira, creo que he encontrado un libro que habla del mar. Parece un cuento...

- ¿ eehh..? Ah....dijo la abuela desperezándose y abriendo a duras penas los ojos.

Andrea echó un vistazo al libro. Tenía ilustraciones muy bonitas que ocupaban toda una página.  En ellas se podía ver dibujado el mar, una playa...

-         ¡ lo sabía¡, dijo Andrea con entusiasmo.

Tal y como esperaba, la niña había encontrado lo que buscaba. Ese libro que tenía entre sus manos, era un cuento sobre el mar.

La abuela, miraba a Andrea expectante.

- Ese cuento...¿ cuenta cómo es el mar, Andrea?, preguntó la abuela con mucho interés.

- Pues...si, o eso creo. Mira los dibujos..., dijo Andrea enseñando las ilustraciones a su abuela.

La anciana, abrió sus ojillos lo más que pudo para mirar los dibujos, pero su vista, cansada y nublada por las cataratas, no le dejaba distinguir muy bien. Veía azul...mucho azul.

- No veo bien Andrea..., ¿ porqué no me lo lees?, pidió la abuela.

- Muy bien, pero oye..., no te duermas eh?, advirtió Andrea.

La abuela sonrió mientras se acomodaba aún más en su sillón de mimbre.

 Andrea, sonrió también. Le gustaba la idea de leerle un cuento a su abuela.

 Abrió el libro por la primera página y comenzó a leer.

                        Se dice de las caracolas, que en su interior, guardan el sonido del mar y que si te las llevas al oído y escuchas detenidamente,  puedes oírlo como si muy cerca de ti estuvieran rompiendo las olas.

Yo no había visto nunca el mar. En mi imaginación, el mar lo pintaba de azul e inmensamente grande, tan azul y tan  grande como el cielo, pero su sonido...era incapaz de imaginarlo.  – Si tuviera una caracola....- solía pensar a menudo, pero no la tenía. Era algo que deseaba tener con todas mis ganas porque para mi una caracola, era algo mágico, algo que de poseerlo sería como tener un pequeño tesoro.                     ¡Imagínate¡,¡ tener el mar dentro de una caracola¡...ese mar que anhelaba ver y que parecía susurrar en mi interior: - Ven Jonás, ven a conocerme...

Andrea se detuvo. Había algo que no comprendía.

-         Oye abuela...¿ qué es una caracola?, ¿ es lo mismo que una concha?, preguntó.

-         No Andrea, no es lo mismo. Son duras igual que las conchas pero son mucho más bonitas.

-         ¿ tu las has visto alguna vez?

-         Si, una vez...pero, ¡ madre mía¡, de eso hace mucho tiempo. Recuerdo que era sonrosada y tan grande como mi mano.

-         Y...¿ se podía escuchar el mar dentro de ella abuela?, preguntó interesada Andrea.

La abuela sonrió.

-         Anda...deja de preguntarme cosas y lee, pidió intuyendo que su nieta no iba a parar de hacerle preguntas.

Acomodándose mejor en la silla, Andrea se dispuso a leer de nuevo. Se daba cuenta de que su abuela tenía mucho interés por la historia que ella había comenzado a contarle.

Clavando los ojos de nuevo en la página que se había detenido, continuó leyendo.

            A los catorce años, se es demasiado pequeño para unas cosas y a la vez mayor para otras. La gente mayor, me contaba historias sobre el mar; algunas eran fantásticas, otras parecían haber ocurrido de verdad, sin embargo a mi esas historias pese a gustarme, no terminaban de convencerme. - ¡ Son sólo historias¡, pensaba-.

 Necesitaba emprender mi propia aventura, ir hacía ese lugar que parecía llamarme, pero, a los mayores no les gustaba la idea de que un niño de catorce años  como yo, se lanzara a los caminos en busca de ese mar que nunca había visto. Me decían: - Jonás, Jonás...puede que seas un niño grande para los cuentos pero aún  eres pequeño para viajar tu solo por los caminos que llevan hasta el mar.-

Nunca encontré un manual donde estuviera escrito que un niño de mi edad no pudiera viajar para hacer realidad sus sueños. Tampoco lo busqué, la verdad, pero según los mayores, ¿ cuando debía hacerlo?, ¿ cuanto tenía que esperar?...

No les pregunté. Seguro que me hubieran dicho que tuviera paciencia, que cuando creciera y me hiciera un hombre, podría viajar a donde quisiera, y yo ni quería ni podía esperar tanto. Me dije: - Jonás, es hora de que vayas a ver el mar y encuentres caracolas...-

Intrépido como un soldado, me calcé mis mejores botas, tomé un camino y...caminé y caminé cuan explorador dispuesto a descubrir el mundo.

Me sentía mayor, como si de repente hubiera crecido. Caminaba para hacer realidad mi ilusión, mi sueño. Caminaba en busca del mar, hacía ese lugar donde encontraría caracolas...montones de caracolas.

 Pregunté en cada cruce de caminos, en cada pueblo y aldea...- ¡ Uy chaval¡-, me decían, el mar queda muy lejos. Sin embargo, era tanta la ilusión, tanto el deseo de ver con mis propios ojos lo que nunca había visto que..., a pesar de lo incierto del camino, no me dejé vencer. Cuando me sentía fatigado, me decía:- Jonás, debes continuar...seguro que detrás de aquella loma, está ya el mar-.

Detrás de la primera loma,  el mar no aparecía, detrás de la segunda, de la tercera...de la décima, el mar seguía sin aparecer, pero detrás de la última, la más pronunciada, apareció inesperadamente como un espejismo.

-         Oye abuela...., dijo Andrea interrumpiendo la lectura.

-         ¿ eh...?, musitó la abuela como si hablara entre sueños.

-         ¿ que es un espejismo?, preguntó Andrea.

-         Pues...un espejismo es..., a ver cómo te lo explicaría yo, dijo la abuela dudando.

-         ¿ Es lo que haces tu cuando duermes?, ¿ soñar con algo que te imaginas  pero que nunca has visto?.

-         Noooo, dijo la abuela entre risas, lo mio son sueños, nada más, sueños de una anciana que durmiendo es feliz...un espejismo es otra cosa, es una ilusión, creer ver algo que se desea pero que luego se desvanece porque en realidad, no existe allí donde hemos creído verlo ¿ comprendes?.

-         Ah..., si creo que sí, dijo Andrea.

-         Pues continua anda..., que te has parado en lo más interesante, se quejó la abuela mientras se volvía a acomodar en el sillón de mimbre.

La niña, obedeció. También ella estaba disfrutando con esa historia.

Despues de tanto caminar, estaba tan cansado que hasta los ojos me pesaban. Ver un horizonte totalmente azul , me pareció tan increíble que tuve que frotarme los ojos para cerciorarme de lo que estaba viendo.

-         No es un espejismo, Jonás, ¡ es el mar¡, ¡ por fin¡, grité feliz.

Me quedé de pie en lo alto de aquella loma como hipnotizado. Había conseguido llegar hasta el mar. Lo estaba viendo con mis propios ojos, tan azul, tan inmenso...tan brillante. Guardé silencio. Quería escuchar su sonido, aquello que mi imaginación no había conseguido imaginar....pero, no lo escuchaba. Sólo oía la brisa que rozaba mi cara.

 Por un momento, me desilusioné, pero enseguida caí en la cuenta que desde lo alto de aquella loma, el mar quedaba aún algo lejos y era imposible que desde allí se pudiera escuchar.

Lo que si sentí,  fue una sensación como de humedad en el aire. Al respirar, un olor húmedo y fresco se colaba por mi nariz y la humedecía. La brisa en la loma, era suave pero espesa a la vez,  tanto que...al respirar hondo, mis pulmones enseguida se llenaban.

Pese a no escuchar el mar, me quedé maravillado con lo que estaba viendo. El horizonte, era una línea tan imperceptible que el cielo y el mar parecían una misma cosa.-  ¿ acabará allí en esa línea  el mar?, pensé-.  Al ver aquél paisaje, volví a sentirme como un explorador solo que ahora, ya no buscaba nuevos mundos. En ese momento, era ese explorador que había sido capaz de encontrar el lugar más maravilloso del mundo.

No  quise detenerme allí. Esa última loma había sido un regalo para mis ojos, pero aún tenía que descubrir más cosas. El mar y sus secretos me aguardaban...podía olerlo en la brisa húmeda que respiraba.

Bajé despacio por  una ladera hasta llegar a un pueblecito. Tenía los pies abrasados. Las botas parecían quemarme la planta de los pies...había sido un largo viaje, demasiado largo para un niño de catorce años, pero yo era Jonás, Jonás el valiente y aunque cansado, estaba decidido a llegar hasta donde hiciera falta. No quería regresar sin comprobar cómo sonaba el mar y por supuesto, sin caracolas...,todo, menos volver sin caracolas.

 Junto a una pasarela de piedra, puede ver  unas cuantas barcas agrupadas. – Si hay barcas...es que hay agua, me dije-.

 Ilusionado, apreté el paso a pesar del cansancio. A medida que me acercaba a la pasarela, ese olor denso que había notado en lo alto de la loma se hacía mucho más intenso. Olía como a pescado fresco..., era un olor raro, diferente.

Llegué hasta el borde mismo de la pasarela y me asomé a una barandilla algo oxidada.

-         ¡ Alaaaaa... cuanta agua¡, exclamé-.

Me quedé asombrado. Claro que había agua donde estaban las barcas y no sólo allí, a un lado del pequeño embarcadero, una playa daba paso a una inmensa balsa de agua azul plateada que parecía perderse en lo infinito.

Me estremecí. Me sentí muy pequeño ante ese mar que en ese momento estaba viendo. Estaba calmado, tranquilo, pero..  ¿y si comenzaba a agitarse?, pensé. Recordé algunas de esas historias que me contaron. Hablaban de tormentas, de olas gigantescas que engullían a los barcos...Si toda esa agua que tenía delante empezaba a agitarse,      ¿ como iba yo a poder defenderme de ella?, me engulliría en menos tiempo que canta un gallo.

Pero eso...era poco probable que ocurriera en ese momento. Sabía cómo eran las nubes de tormenta y desde luego el cielo que yo estaba contemplando, no presagiaba ni mucho menos ninguna tormenta.

 Bajé decidido hasta la playa. Me quité las botas y dejé que los pies se hundieran en la fina arena mientras caminaba hasta la orilla.

Al llegar al borde mismo del agua, una pequeña ola arrastró el agua hasta  los dedos de mis pies. No llegó a mojarme. El agua retrocedió inmediatamente como si el mar no quisiera dejarlo allí en la arena. Me quedé quieto. Prefería no mojar los pies por el momento. Con contemplar el agua desde tan cerca, me conformaba.

Sin embargo, el agua y su movimiento, tenían sus propios planes. La siguiente ola, rompió más floja y el agua se deslizó muy lentamente sin llegar hasta mis pies. Confiado, me adelanté unos cuántos pasos. De repente, sin saber muy bien como, el agua me caló los pantalones hasta las rodillas.

-         ¿ que pasa aquí?, me pregunté perplejo. Hacía escasos segundos, el agua había retrocedido un buen trecho, pero por una razón que no comprendía, había avanzado con más fuerza y con mucha más agua.

Retrocedí espantado. El agua, estaba algo fria y no me apetecía mojarme más los pantalones. Observé su movimiento a cierta distancia.

Con cada pequeña ola, el agua espumosa iba y venía como si jugara a mojar la arena. – Splash, Splash....sonaba la ola al romper una vez tras otra cerca de la orilla.

-         Asi que...¿ este es el sonido del mar?, el de las olas rompiendo constantemente una tras otra..., me dije.

Lo era, claro que lo era, pero...no era ese  su único sonido.

Venciendo un poco esa primer contacto con el agua que tan inesperadamente me había mojado, me arriesgue a acercarme más a la orilla. Me arremangué los pantalones hasta las rodillas

Con cuidado y sin perder de vista las pequeñas olas que se formaban a escasos metros de mí, dejé que el agua me mojara los tobillos. Estaba menos fría, o eso me pareció a mi, y mis pies parecían agradecer la frescura del agua, un agua que allí, en la orilla, no era azul.

-         ¡ que curioso¡, me dije, el agua es transparente, se puede ver el fondo de arena.

Allí en esa orilla, todo me parecía curioso. La fina arena, la brisa con ese olor como a pescado...pero sobre todo el movimiento del agua. Los pies se hundían cada vez un poco más en el fondo, como si mi cuerpo pesara demasiado.

 De pie ante esa inmensidad que tenía delante, me quedé como embobado. El agua seguía golpeándome con suavidad en las piernas pero la mirada la tenía perdida en el horizonte.

Un pájaro blanco planeando por encima de mi cabeza, me despertó. Apenas movía las alas. Nunca había visto un pájaro como ese...parecía un pato pero, su pico no era como el de los patos, era más largo y más estrecho. De repente, el pájaro, se lanzó en picado hacía el agua. Sumergió la cabeza y en cuestión de instantes volvió a emprender el vuelo con algo que coleteada entre el pico. – Seguro que ha cogido un pequeño pez, pensé-. Ese pájaro me recordó a los halcones por la forma de caer en picado hacía sus presas, pero de algo estaba seguro. Ese pájaro blanco, no sabía lo que era, pero desde luego un halcón, no.

- Oye abuela....¿ tu sabes que pájaro es?.

- Pues...si, creo que es una gaviota, aunque yo no he visto nunca ninguna.

- Entonces, ¿ como sabes que es una gaviota?

- Pues porque allí donde hay mar, hay gaviotas.

- Ah...., ya, para no haber visto nunca el mar, sabes muchas cosas, dijo la niña sorprendida.

- No tantas como me hubiera gustado pero en fin...anda sigue Andrea, pidió la abuela.

- Si, perdona abuela...ya continuó.

La niña, buscó la línea donde se había quedado...

- Ah..., me llegó aquí, dijo poniendo su dedo índice sobre la línea en la que minutos antes se había detenido.

La abuela, ladeó su cabeza hacía atrás y cerró de nuevo los ojos.

Después de un buen rato dejando que el mar mojara mis pies, decidí salir de la orilla y caminar un poco por la arena mojada.

Los pies dejaban una huella en la arena. – Es difícil perderse aquí, pensé-, - sólo tienes que seguir tus propias huellas y vuelves al lugar donde empezaste a caminar-. Me sentía tan contento, tan satisfecho por haber conseguido llegar hasta allí que cualquier cosa me parecía un gran descubrimiento.

Me había olvidado por completo del cansancio. Los pies ya no me abrasaban, al contrario, estaban más bien fríos.

Caminé durante un buen rato. Me gustaba la sensación de cosquilleo en la planta de los pies al pisar la arena.

Casi sin darme cuenta, llegué hasta unas rocas. Trepé por ellas con cuidado. Estaban mojadas y resbalaban un poco. – Seguro que aquí encuentro caracolas, me dije-.

Muy cerca, las olas golpeaban con fuerza contra las rocas. Parecían querer derribarlas.  Ese “ Splash” que había escuchado en la orilla, entre las rocas era mucho más fuerte. Una ola salpicó tanto al romper contra una de ellas, que me mojó la cara.

Algunas gotas de agua se colaron en la boca. Sabía salada...muy salada.

Había pensado en el mar muchas veces pero lo cierto es que nunca pensé en cómo podía ser su sabor.

Mi viaje, estaba mereciendo la pena. Poco a poco los secretos iban siendo descubiertos. Tan sólo me quedaban las caracolas...

Entre las rocas, encontré pequeñas conchas. Algunas estaban partidas, otras, por el contrario, parecía pequeños abanicos. Las había color salmón, blanco, marrón...pero, no había ninguna caracola.

Desilusionado, por un momento pensé que aquello que decían de las caracolas, no era cierto.  ¿ donde mejor que allí podían las caracolas recoger y guardar el sonido del mar?. Yo lo estaba oyendo con claridad, estaba seguro que no existía otro lugar mejor para escuchar el mar...¿ porqué no era capaz de encontrarlas?, ¿ donde se escondían?.

Tan desconcertado y a la vez tan enfadado estaba que no ví acercarse hasta mi a una mujer.

-Hola muchacho, ¿ que haces?, ¿ estás recogiendo conchas?, me preguntó.

-¿ Eh?, le dije un poco asustado.

- No te asustes...vengo a ofrecerte una caracola; tengo muchas, mira..., me dijo mostrándome una cesta.

- ¿ caracolas?, ¿ usted tiene caracolas?, le pregunté entusiasmado.

- Si...¿ sabes lo que dicen de las caracolas?, me preguntó la mujer mirándome fijamente a los ojos.

- Si, le dije yo, dicen que se puede oír el mar si te la pones en el oído, ¿ es verdad?, le pregunté sin rodeos.

- ¡ claro que es verdad¡, me respondió, toma...escucha.

Cogí la caracola que esa mujer me ofreció. Era del tamaño de mi mano. Me la puse en la oreja mientras la mujer me observaba divertida.

-¿ qué?...¿ lo oyes?, me preguntó.

¿ Qué si lo oía?...¡ claro que lo oía¡, ¡ era pura magia¡. Era un sonido hueco y lejano pero...¡ vaya si se oía¡.

- Siiiii...., le dije entusiasmado, lejos pero lo oigo....

- Si te tapas el otro oído, lo oirás aún mejor, me aconsejó la mujer.

Lo hice. Tapé con una mano un oído mientras que con la otra, me volvía a llevar la caracola al otro oído.

-¿ la quieres?, me preguntó esa mujer.

-Si, si...me apresuré a decir.

- Pues es tuya, te la regalo, tengo más ¿ ves?, me dijo enseñándome de nuevo la cesta.

 Tenía caracolas de todos los tamaños, grandes, menos grandes, pequeñas y pequeñísimas...caracolitas diminutas de diferentes colores.

La más bonita de todas, era la que la mujer me había dado. Podía haberme dado cualquier otra, incluso más pequeña, sin embargo me dio la mejor que tenía...la más hermosa de todas.

-Muchas gracias, le dije agradecido,  precisamente vine para buscar caracolas, pero no he tenido suerte. No he encontrado ninguna.

-Pues ya tienes una, me dijo amablemente la mujer.

- ¿ donde las encontró?, me atreví a preguntarle.

.-¡ Ay, muchacho...¡, me dijo suspirando, las caracolas no se encuentran fácilmente, son pequeños tesoros que el mar solo muestra a quien sabe buscar.

-Y...¿ como se buscan?, pregunté con curiosidad mientras no dejaba de contemplar mi caracola.

Pero la mujer, ya no estaba a mi lado. Del mismo modo que había llegado, se marchó. Miré a mi alrededor para buscarla pero...ya estaba a una buena distancia de mi. Iba caminando por la playa con su cesta bajo el brazo. La despedí agradecido con la mano; ella me devolvió el saludo.

Con la caracola entre mis manos, definitivamente sentí que había cumplido mi sueño. Estaba delante del mar. Lo había sentido, lo había escuchado y lo mejor de todo:  tenía una caracola con la que podría escucharlo siempre que quisiera.

Satisfecho, después de ver como un sol anaranjado se ocultaba lentamente en el horizonte tiñendo el cielo de un rosa anaranjado increíble, decidí regresar a casa albergando una nueva ilusión. Quería regresar a mi pueblo para contarles a todos lo que había visto, contarles cómo era el mar, pero sobre todo, quería enseñarles mi preciosa caracola...una caracola que pese a no haberla encontrado yo mismo como esperaba, guardaba en su interior un sonido que por muchos años que pasaran...no estaba dispuesto a olvidar. Para mi, esa caracola era algo más que un recuerdo, era..un tesoro.

Ahora mismo..., recordándolo todo, desearía estar junto a las rocas de nuevo. Sentir la brisa, respirar hondo y llenarme con ese olor fresco.  Puede que vuelva, lo estoy pensado. Ahora soy algo más mayor...quizá lo haga, solo que esta vez buscaré yo mismo las caracolas. Ese, es ahora mi sueño; encontrar allí donde se encuentren, esas caracolas mágicas que guardan en su interior, el maravilloso sonido del mar que escuché por primera vez cuando apenas tenía... catorce años.

                                    Fin

- ¿qué historia más bonita verdad abuela?, ¿ seguro que el mar es así?, me gustaría tener una caracola..., yo creo que sí que es verdad que se puede oir el mar, ¿ tú no, abuela?

Pero la abuela, no la escuchaba. La anciana, como un pajarillo, se acurrucó aún más en su sillón de mimbre, se abrigó con su toquilla y cerró otra vez los ojos. En cuestión de instantes, se quedó profundamente dormida.

Andrea comprendió que no era momento de molestar a su abuela con preguntas.

- Si abuela, duerme... duerme y sueña con ese mar que nunca has visto, le dijo bajito al oído después de darle un beso en la mejilla.

Y la anciana, efectivamente, durmió y... soñó.

La abuela, como solo en sueños es posible, se convirtió en una mujer joven y ágil. Se vio caminando sobre una playa, dejando que sus pies se mojaran con el agua que juguetona iba y venía incansable. Trepó descalza entre unas rocas hasta llegar a un pequeño recoveco. Inesperadamente y como si ese recoveco fuera un pequeño cofre medio abierto, aparecieron cientos de caracolas de todos los tamaños y colores. Las había blancas, color marfil, rosadas, ocres... Una a una, las metió en una cesta y volvió a caminar entre las rocas.

 A poca distancia vio un niño. Ligera como una pluma, llegó caminando hasta él.

- ¿ Quieres una caracola?, le dijo al niño. Y el niño, mirándola risueño, le cogió la caracola de las manos. - Es precisamente lo que había venido a buscar. Vine a ver el mar y a buscar caracolas,  le dijo.

Y la abuela,  como si en ese niño viera sus mismas ilusiones y deseos, le sonrió y le dijo:- Yo, también, chiquillo, yo, también...

Andrea, que no había dejado de observar a su abuela mientras dormía, ya no se preguntó lo que estaría soñando. Al ver en su semblante sereno, el esbozo de una sonrisa, la niña supo que la abuela, en sus sueños, estaba en el mar, igual que Jonás, el niño del cuento.

            - Duerme abuela, duerme...cuando despiertes, serás tú quien me cuente, cómo es el mar y si es verdad que se puede escuchar el mar dentro de una caracola...

   

 

 

 

 

 Buscando Caracolas

 Año 2004      Pilar Martinez Fernandez.