Nunca guardé mis cosas en ningún sitio especial. No sé bien porque no lo hice. Quizá porque unas cosas sustituían a otras  y no reparé en que algunas de ellas podían ser guardadas en un pequeño espacio como recuerdo. Lo cierto es que tampoco pensé que pudieran tener demasiada importancia en mi vida ni que, con el tiempo, tuvieran más valor de lo que lo yo alcancé a darles en su momento, sin embargo, esa perspectiva tan ajena con mi pasado y con aquello que en algún momento fueron “ mis cosas”, cambió de repente.

Todo comenzó el día que llegué a la casa de mis padres para pasar un fin de semana. Ellos pasaban una temporada en su casita de la playa. La noche anterior, mi madre me llamó por teléfono y me dijo: -He hecho algunos cambios en tu habitación. Te he dejado unas sábanas para que te hagas la cama...-

Mi madre, es de esas mujeres que cuida hasta el último detalle. No me costó mucho imaginar mi antigua habitación en aquel momento. Bien pintada, con cortinas coordinadas con la colcha de la cama, alguna lamparita, alguna de mis muñecas sobre la cama...

Cuándo terminé de hablar con mi madre, la ilusión de pasar ese fin de semana en la casa de mis padres se hizo aún mayor.

 Era el tiempo de las cerezas. Los cerezos del huerto estaban abarrotados. Algunas cerezas estaban por el suelo, otras picoteadas por los pájaros, sin embargo en los árboles, como si fueran zarcillos, aún quedaban muchas por recoger. Antes de entrar en casa, no pude resistirme a  la tentación de coger algunas y meterlas en la boca.

Ver esos cerezos que plantó mi padre cuando yo apenas levantaba un metro del suelo, fue un guiño en ese momento a mi niñez. Las primeras veces que dieron fruto, mi padre solía auparme para coger las cerezas. Había pasado tiempo. No quise echar la cuenta pero, demasiados años. La casa de mis padres, en cambio, seguía igual. El tejado era lo único que había cambiado. Lo habían retejado y mi padre había puesto una veleta. Al ver aquel gallo apuntando al norte, recuerdo que dije: -Por fin, papá se salió con la suya.

Siempre escuché decir a mi padre aquello de: “ un día de estos pondré una veleta”, pero nunca parecía llegar ese día, hasta que, claro; arregló el tejado.

Con el bolso de viaje en la mano, cruce el umbral de la puerta y subí las escaleras hasta mi habitación. Al final del pasillo, había una ventana que daba al jardín. Un haz de luz entraba por esa ventana dejando al trasluz las diminutas motas de polvo difusas que flotaban en el pasillo.

Recuerdo que, en aquel instante, me invadió una tremenda soledad. No sé bien porqué. Sabía que no iba a encontrar a mis padres allí, sin embargo, parecía no aceptarlo en ese momento. Fue como si de repente sintiera que no le importaba a nadie. Y fue muy raro porque yo misma había decidido alejarme de todo por unos días. Era totalmente absurdo que sintiera aquello, sin embargo allí estaba, con unas sensaciones que de haber sabido lo que me esperaba, hubiera pensado que fueron premonitorias, todo un presagio.

Decidida, caminé hasta mi habitación. En un pequeño taquillón de nogal que había en medio del pasillo, justo enfrente de la puerta de mi habitación, mi madre había puesto una nota encima de un paño de ganchillo.

La nota decía: “Armonía, tesoro, te he dejado algo en tu habitación que te gustará. Un beso. Mamá.”

En ese mismo taquillón de nogal, hacía unos cuántos años, yo misma había dejado una carta a mis padres el día que me marché a la universidad. Lo recordé  como un flash repentino en mi memoria. Pero, enseguida, se disipó.

Entré en la habitación, pero no encontré ninguna sorpresa al primer golpe de vista. La habitación estaba pintada, más o menos como me había imaginado. Había cambiado la cama, pero la mesita y el armario seguían allí, como si el tiempo no hubiera pasado por ellos.

Dejé el bolso de viaje sin más en el suelo y me puse a hacer la cama con las sábanas que me había dejado preparadas. Cuándo cogí el almohadón y quise ponérselo a la almohada, reparé en el baúl dónde mi madre me había dejado el juego de sábanas. - Este baúl....pensé mientras lo observaba con atención-.

Recordaba haberlo visto antes pero, no en mi habitación. - ¿ Dónde lo has visto, Armonía?, piensa, piensa...recuerdo que me dije-.

Y como una foto amarilla, enseguida me vino a la memoria la buhardilla y un rincón en el que a mí me gustaba mucho esconderme. - Es el baúl de la abuela. Sí. El mismo. ¡Pues claro¡, dije de pronto-

De niña, muchas veces, abrí ese baúl. Mi madre tenía guardado en él cosas de mi abuela. Una toquilla de lana, fotografías muy viejas de mi abuelo vestido de soldado, un camafeo de escaso valor pero que guardaba una foto igualmente de mi abuelo...La de veces que fisgoneé aquellas cosas.

Verlo allí de nuevo, en mi habitación, despertó mi curiosidad. Una vez más sentí el peso de la nostalgia.

Dejé la almohada bien colocada en el cabecero y como una niña traviesa a punto de hacer algo secreto, me puse de rodillas frente al baúl y lo abrí con una llave que estaba engarzada en la cerradura. Sin mucho esfuerzo, levanté la tapa.

No sé realmente lo que me esperaba encontrar. Por un momento pensé que podrían estar aún dentro aquellas cosas de mi abuela, pero no. Encima de unos juegos de sábanas, limpios y cuidadosamente planchados, había otro baúl sólo que más pequeño. Un poco más grande que una caja de zapatos. - Y ¿ esto?, chillé al vacío de la habitación.¿ Qué habrá dentro?, me pregunté enseguida.

Un baúl con otro baúl dentro. ¡ Qué cosas¡, me dije.

Enseguida pensé que era aquello a lo que se refería mi madre. Gustarme no sabía si iba a gustarme en ese momento pero curiosidad, ¡ vaya que sí¡.

Cogí el pequeño baúl y me senté en la cama. Lo abrí y cual fue mi sorpresa cuándo, aparecieron pequeños objetos que no sólo di por perdidos, sino también olvidados.

Lo primero que cogí fue una carta. Reconocí enseguida el sobre. Color sepia con el dibujo de una pluma en la solapa. Era aquella carta, sí. La que escribí antes de irme a la universidad.

La leí:

            “ Queridos papá y mamá: Mañana me voy. No sé si estoy contenta de irme. Empiezo la Universidad y estoy un poco asustada. Sé que no me voy de aquí para siempre, que volveré porque esta es mi casa pero os voy a echar mucho de menos. Mamá, no estés triste. Sólo voy a estudiar. Como tu quieres y como quiere papá también, pero los dos sabéis que aquí no puedo y que no queda otro remedio que irme a Madrid. Volveré, os lo prometo. Os quiere...Armonía. “

 

Mi madre, había guardado esa carta y yo, al leerla de nuevo, sentí el corazón palpitar acongojado y emocionado al mismo tiempo.

Apenas había terminado de doblar de nuevo la carta, cuándo vi otro sobre. Uno blanco sin ninguna dirección ni sello. Naturalmente, saqué la hoja que guardaba en su interior  y la desdoblé. Enseguida reparé que estaba escrita de puño y letra de mi madre.

 

            “ Querida Armonía: Hija, escribo hoy esta carta después de leer la tuya, esa en la que te despedías de nosotros y que he guardado todos estos años. Al leerla de nuevo me han venido muchos recuerdos. Casi todos buenos, pero el tiempo hija, ha pasado tan rápido que...en fin, siento alegría y pena al mismo tiempo.

En este pequeño baúl que has encontrado porque de otro modo no estarías leyendo esta carta, hay cosas pequeñas, quizá demasiado insignificantes pero...han sido tuyas y un poco mías mientras tu las dejabas a un lado. Las he guardado para ti durante todo este tiempo con la esperanza de devolvértelas algún día. Espero hija,  que al descubrir lo que guardé mientras crecías y volabas, encuentres el modo de seguir guardándolas, pues la riqueza de una persona, no está en el oro que posee, ni en sus títulos, ni tan siquiera en su trabajo. Está en las pequeñas cosas, en aquellas que nos convierten en alguien único y auténtico y que han sido suyas en algún momento. Tuyas fueron, tuyas pueden seguir siéndolo o por el contrario deshacerte de ellas. De ti depende. Con todo mi cariño... Tu madre.”

Al terminar aquellas líneas escritas, apreté la carta contra mi pecho. Así era mi madre, sólo ella podía escribir algo así y guardar al mismo tiempo tantas cosas del pasado.

Ante mí, se abría un baúl, pequeño como ella bien decía, con cosas pequeñas.

Lo primero que encontré entre esas pequeñas cosas, fue una bolsa de tela. Enseguida empecé a recordar. Fue mi primera bolsa del almuerzo. Me la hizo mi madre con tela de Vichy rosa.  Las letras bordadas en rojo  con mi nombre: “ Armonía” y una flor, resaltaban en la tela. Desde el primer día de colegio, me metió en ella galletas para el recreo.

Ya no había galletas dentro, en su lugar, mi madre había metido unas muñecas recortables con sus vestidos. Me encantaban “ las mariquitas”. Así las llamaba yo.  Tuve muchas, sin embargo allí sólo estaba “ Lola y sus trajes”. Me pareció increíble.

En otro apartado, encontré unas pulseras de plástico. Había cinco, cada una de un color: roja, amarilla, rosa, azul y naranja. Recordé que las compraba en el quiosco con mis propinas. Me las llegué a comprar de todos los colores posibles porque todo mi afán era coleccionarlas, tener muchas y ninguna igual.

También encontré una postal. La reconocí enseguida. Fue la primera postal que recibí por correo y el remitente era mi amigo Pablo. Un muchacho que se marchó a vivir a Francia, a Toulouse, y que nunca volví a ver. No fuimos novios. No llegamos a serlo. Fuimos buenos amigos, los mejores pero nunca averiguamos si pudo haber algo más entre nosotros. Nunca le olvidé.

En ese momento, con la postal en mis manos y leyendo su dirección, me pregunté muchas cosas.¿  Cómo estaría ahora?. ¿ Tendría familia?. Sentí curiosidad, ganas de volver a saber de él, pero me limité a suspirar y a dejarlo correr. Demasiado tiempo sin saber el uno del otro.

Continué rebuscando y entresacando recuerdos de ese pequeño baúl.

Mi madre, también había guardado mis notas escolares. Encontré un boletín del curso 1975-1976. Las matemáticas no fueron nunca mi fuerte. Las ciencias, sin embargo, eran mis favoritas. En ciencias naturales, sobresaliente en todas las evaluaciones. Sin duda aquello marcó mi destino hacía la biología.

Pero aún me quedaba otro pequeño recuerdo, uno que yo misma había decidido guardar en un departamento estanco de mi corazón.

En una pequeña bolsita de terciopelo, había guardado algo que sin verlo, intuí de qué se trataba. El corazón, empezó a latir deprisa como un loco. Al depositar el contenido en la palma de mi mano, chillé:

-         No. ¡ El anillo de compromiso de Juan¡. ¡ Lo sabía¡.

No comprendí en ese momento,  por qué mi madre había guardado algo tan doloroso para mí. Juan y yo, íbamos a casarnos. Lo habíamos pensando todo, la fecha, la iglesia...¡ Todo¡. Pero un accidente de tráfico lo truncó todo. Absolutamente todo.

Después de su funeral, me quité el anillo y lo tiré con rabia en mi habitación. Nunca quise volver a recordar aquello. Sólo en ese momento, volvió a mi mente. Como una instantánea. No recogí nunca el anillo del suelo. Lo olvidé para pasar una de las páginas más amargas de mi vida y con ella, ese símbolo que creí perdido, arrinconado en mi memoria.

Pero regresaba a mis manos, casi insolente.Dentro, había una inscripción. La leí: Juan & Armonía 18 de marzo 1990. Nuestra fecha. El día que nos conocimos.

Lloré. Lloré con la amargura de un terrible recuerdo. Y maldije mi suerte y hasta me enfadé con mi madre por devolverme aquel recuerdo tan doloroso para mí. Pero, en la bolsita de terciopelo, había una última cosa: una nota. Un papel muy pequeño en el que Juan, con esa letra tan bonita que tenía,  había escrito algo que también mi memoria había olvidado: “ Armonía. Has sido música en mi vida. Gracias. Juan.”

Aquella nota, había estado guardada en esa bolsita desde el mismo día que Juan me regalo ese anillo de compromiso. Una bolsita que sin darme cuenta, al parecer había guardado en algún cajón. Mi madre, en el rescate de “ mis pequeñas cosas”, seguramente  la había encontrado y decidió guardar el anillo que encontró igualmente en algún rincón de mi habitación.

Me quedé confusa. Todo me había gustado volver a verlo menos aquello. No alcancé a comprender en ese momento el valor de ese recuerdo.

Las madres, a menudo se comportan de manera enigmática. Ese anillo, lo olvidé a propósito, lo desterré de mis recuerdos. ¿ Por qué mi madre se empeñó en guardarlo? me pregunté.

Volví a guardar todo en el pequeño baúl. El anillo en su bolsita con la nota, también.

No quise pensar en ello durante todo el fin de semana, sólo en el último momento, cuándo volví a hacer mi bolso de viaje para regresar a mi casa de nuevo y me disponía a guardar el pequeño baúl entre mi ropa,  surgieron de nuevo las preguntas. Y fue entonces, y solo entonces, cuándo ese baúl y cuanto atesoraba adquirió su valor. El valor que, mi madre,  pretendió desde el principio. No se trataba sólo de guardar y conservar mis    “ pequeñas cosas”.  Efectivamente, en esas pequeñas cosas, estaba yo, lo que fui, lo que me ayudó a ser, lo que ahora era; una mujer que había triunfado en su profesión, en muchas cosas menos en algo importante, vital: en el amor. Primero Pablo y esa postal que nunca tuvo respuesta por mi parte, luego Juan...

Aquella sensación de soledad del primer día que llegué, volvió a materializarse, sólo que esta vez supe porqué. Ese anillo había vuelto a mis manos y me quemaba, pero en lugar de arrojarlo con rabia y con dolor por los recuerdos, entendí que debí hacer otra cosa con él.  Fue como una revelación.

Al salir por la puerta, con la bolsita de terciopelo en la mano, camine hasta los cerezos, y, debajo de uno de ellos, enterré la bolsita de terciopelo con el anillo y la nota.

Al tiempo de volver a ponerme en pie, dije en alto:

-         Adiós, Juan. Tú también fuiste melodía para mí.

Supe en ese instante que, no sólo era tiempo de cerezas, también era tiempo de volver a hacer música con mi vida. Ser melodía para alguien...alguien que llevaba tiempo esperándome. El pasado y esa melodía de amor de otro tiempo, comprendí que era preciso enterrarlo con serenidad para poder continuar.

Respiré al tiempo que miré los robustos cerezos. Me sentí libre, ligera. Viva. Después de ese fin de semana, mi vida  tuvo un nuevo sentido. Me encontré a mi misma gracias a mi madre y a “ el baúl de las pequeñas cosas”.

Le dejé escrito una nota:

            “ Mamá, gracias por guardar “ mis pequeñas cosas”. Las guardaré. Te lo prometo. ¡Ah¡, por cierto. He cogido algunas cerezas para Rubén. La próxima vez que venga, os lo presentaré. Os quiero. Besos. Armonía.”   

   Pilar Martínez Fernandez.

Presentado al certamen Relatos de Mujer del Ayuntamiento de Valladolid año 2007.