Publicado en Diario de Valladolid EL MUNDO

tribuna libre 6 de Noviembre 2008

 

                   Palomares

 

Son los palomares el emerger de la tierra. Son sus muros la forma que adopta la tierra cuándo se junta y se eleva del suelo. Muros de adobe: barro noble. Muros de ladrillo: arcilla horneada. Muros de piedra: torneada caliza...tapiales todos ellos hechos a partir de la materia prima de una naturaleza siempre generosa para dar techo y  cobijo.

Fue Castilla y León en otro tiempo, tierra de palomares en sus tesos y llanuras. Algunos escalonados,  otros cuadrados o incluso redondeados. Encalados o del mismo color del barro, daban cobijo en su interior a las palomas para la cría de pichones y de las cuáles, a su vez,  se sacaba la palomina que abonaba los campos.

Son los palomares, en definitiva, pequeñas fortalezas que de la tierra salieron y que ahora, muchos, a la tierra vuelven. Hoy, esos palomares siguen en algunos tesos. También en eras y llanos pero algunos son meros esqueletos de lo que fueron.

Aquellos que en otro tiempo fueron siluetas en el horizonte tocando con sus tejados el cielo, el azote del propio tiempo los han dejado derrotados, semiderruídos, como si el viento y la lluvia los hubiera mellado a mazazos.

Muros abiertos, resquebrajados por la erosión y el poco celo. Tejados hundidos, victimas del saqueo de sus tejas antiguas. Puertas destartaladas, arrancadas de sus bisagras. Vigas desgarradas de sus puntos de apoyo, y por supuesto, sin palomas, ni pichones, ni palomina...estructuras inútiles, esqueléticas, inservibles y abiertas al cielo raso sin más cometido que  aparecer entre la tierra de la cual emergieron como vestigios de lo que fueron.

Una vez más, hay qué preguntarse de que material estamos hechos los que aquí vivimos, o mejor dicho, los que de aquí somos y nos sentimos castellano leoneses para que, aquello que de nuestra tierra emergió, nos importe tan poco que muera poco a poco y vuelva escombrado a la misma tierra.

Son los palomares, una seña de identidad más en Castilla y León, una muestra de nuestra arquitectura popular como lo es el hórreo en Galicia o el molino en La Mancha, sin embargo y pese a la diversidad de sus estructuras, teniendo cada provincia una forma y una costumbre propia en su construcción, pareciera que, aquello que cae en desuso, lo natural es que del mismo modo esté condenado a morir olvidado.

No es costumbre dar valor a los muros cerrados por el desuso. A los palomares les ocurre como a sus hermanos los molinos y a los reales monasterios. Sin inquilinos y sin actividad,  sin nadie que guarde sus puertas, el tiempo y su rudeza, entra y mora en sus muros hasta que los revienta y los deja desolados.

El deterioro de los palomares ha sido importante. Algunos ya se han perdido y mezclado de nuevo con la tierra de la que emergieron, pero no es menos cierto que algunos aún se conservan en estado aceptable.

De lo perdido, poco más podemos hacer que lamentarlo, pero de los que aún quedan, es ocasión y tiempo de observarlos y encontrarles su valor, es vital detenerse en su cuidado para conservar, no sólo una seña de identidad, sino también esa silueta hermosa que emerge en nuestros campos, con su mismo color; el color de la tierra recién arada. El color del mismo barro ennoblecido.

El palomar, forma parte de nuestro paisaje, de aquello que nos hace sentir que se pertenece a un lugar por su historia, por sus costumbres, por sus arquitecturas...

La tierra puede sujetar aquello que emerge de ella, pero ella sola no puede. Necesita nuestra mano, nuestra voluntad, y también nuestro compromiso con aquello que hemos heredado.

Ayudemos a sujetar los palomares que aún nos quedan. Son hermosos, pero sobre todo fueron y son, nuestros. De esta tierra de la que, nacieron y nacimos...    

 

                   Pilar Martinez Fernandez.