Articulo publicado en Diario de Valladolid EL MUNDO, martes 15 de enero 2008.
Delincuentes menores
Que me perdonen aquellos que, con la ley de protección de menores en la mano, sepan más y mejor del tema en cuestión y puedan apreciar en estas líneas, algún que otro desliz o incoherencia legislativa. A la gente corriente, cuándo algo vemos que toma unos derroteros preocupantes, nos mueve más el sentido común que las leyes establecidas, y no porque las consideremos innecesarias o malas sino más bien porque a la hora de la verdad, como bien dice el dicho, quien hace la ley hace la trampa.
No obstante, en lo que a menores se refiere, no es el legislador el tramposo que se escuda en la trampa, sino aquellos a quiénes debe proteger, delincuentes menores que llenan juzgados con delitos no precisamente menores y quienes muchas veces se van de rositas o con sentencias ínfimas por estar sujetos a una ley en muchos aspectos blanda y excesivamente protectora.
Creo que algo estamos haciendo mal como sociedad cuándo un menor entiende que en un momento dado puede insultar, agredir o incitar a un adulto, ya sea un inmigrante, un discapacitado, su profesor o su vecino, sin que este pueda tocarle un solo pelo para evitar el agravio precisamente porque es menor y la ley le ampara.
Para los de mi generación y no digamos para aquellos anteriores a la mía, algo así era impensable. No se nos ocurría insultar a un adulto, menos aún darle un empujón o un puntapié porque entendíamos primeramente que era un mayor y segundo porque, precisamente por ser mayor, debíamos respetarle por encima de todo, y no por decreto ley sino porque era el orden natural de entender las cosas en la escala de valores que nos enseñaron. Cierto que, nosotros, a cambio de respeto y consideración a los adultos, recibimos capones y más palos que una estera por nuestro bien y para meternos en cintura, o eso nos decían, claro, pero lo cierto es que en aquellos días, un hombre o mujer adulto o anciano, podía salir a la calle con la consideración que se le debía tener y sin arriesgarse a que algún lobezno le soltará algún que otro zarpazo o insulto. Si se lo hacían, había licencia para dar un tirón de orejas y una reprimenda al lobezno rebelde y así evitar que fuera reincidente. Hoy, sin embargo, ya lo vemos. No sólo los menores osan cometer semejantes agravios, además tienen a su favor una Ley de menores que los protege y casi los convierte en intocables.
Ante de escribir este articulo, escuché un discurso en internet de Emilio Calatayud, Juez de menores de Granada, que me dio en cierto modo la clave de esta involución en el comportamiento de nuestros menores.
Para empezar, establecía los parámetros que a tenor de la ley de menores aplicada desde 1996, daba la consideración de “ menor” a un individuo. En España, se es menor hasta los 18 años o bien hasta los 16 si el menor acude con su padre o tutor a un juzgado de 1ª instancia y pide su emancipación con todos los beneficios que eso pueda reportarle. De no ser así, a todos los efectos, hasta los 18 años digamos que La Ley de Protección al Menor es la que ampara a ese muchacho a muchacha que calza y viste, y a menudo incluso se comporta como si de un adulto se tratara.
Del mismo modo, en ese discurso convino en reseñar dos artículos del Código Civil dónde se recogen los derechos y deberes de los padres y los hijos no emancipados. Por un lado, el Nº 154 dónde se establece que los hijos no emancipados están bajo la potestad de sus progenitores y que la patria potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad, comprendiendo una serie de deberes y facultades tales como: velar por ellos, tenerlos en su compañía, alimentarlos, educarlos y procurarles una formación integral además de representarlos y administrar sus bienes si los tuvieran. De la misma manera, establece que los padres podrán en el ejercicio de su potestad recabar el auxilio de la autoridad y podrán también corregir razonable y moderadamente a los hijos. Ahí es nada. Pero, ¿ Cómo entiende esto un menor?. ¿ Entiende que debe ser corregido si su comportamiento no es el adecuado? o ¿ sólo entiende que tiene derecho a recibir todo cuánto precise para su “ formación integral”?.
Pero también existe el articulo Nº 155, un articulo que establecen los deberes de los hijos. Según el Código Civil igualmente, deben obedecer a sus padres y respetarlos siempre mientras estén bajo su potestad. Y no sólo, eso. Además tienen el deber de contribuir equitativamente, según sus posibilidades, al levantamiento de las cargas de la familia mientras pertenecen a ella.
Y yo pregunto, ¿ Qué menor es consciente de este deber hoy?. ¿ Lo saben acaso?.
Como bien decía este juez de Granada, sólo les interesa conocer sus derechos. Los que tienen, los que se toman y los que para colmo les otorgamos para que no nos llamen malos padres. Sus deberes, ni se los recordamos porque dentro del ámbito familiar se afronta la potestad de los hijos más con el corazón que con la Ley en la mano, pero convendría empezar a tomarnos en serio su enajenación al respecto. Empiezan a acusar cierto desbarajuste en su manera de entender una Ley a su favor como la del menor.
En esto, también el juez de menores de Granada, daba perfectamente en le quiz de la cuestión afirmando que, en poco más de 30 años, habíamos evolucionado muy deprisa y no para bien pasando de aquel padre “autoritario” pre-constitucional que te obligaba a comerte el plato de lentejas o si no lo tenías para cenar y hasta para desayunar con un cachete de postre, a ese otro padre “colega” post-constitucional que ante el mismo plato de lentejas no dispuestas a ser comidas por el chavalín o la chavalina, se enfrasca en todo un alarde de psicología infantil dialogante para terminar tirándolas por el fregadero y darle patatas fritas con ketchup para que al menos coma y no le coja más asco a las lentejas.
El resultado a tanta psicología derrochada para evitar traumas infantiles, lo que tenemos: menores acostumbrados a salirse siempre con la suya y que llevados a casos extremos, salen a la calle con la idea de que el mundo debe rendirse ante sus pies y sin límites. No conocen las barreras porque ni siquiera asumen que existen para ellos salvo para escudarse en ellas cuándo les conviene.
Si a esto, le añadimos el fracaso escolar, esa exigencia educativa tan permisiva y benevolente y toda esa violencia gratuita que respiran los menores, el cocktail está servido.
Estamos perdiendo el timón a la hora de mantener el rumbo con los menores. Estamos ante los primeros conatos de delincuencia juvenil en menores, las primeras efervescencias de esa educación post constitucional que hemos venido dando los padres y la sociedad en general en estos últimos años.
Agresiones como las que a veces llegan a nuestros oídos a través de los periódicos y de la televisión y que incluso son grabadas en teléfonos móviles para colgar los videos en internet, tales como palizas a indigentes, a inmigrantes, a discapacitados, a profesores...por no hablar de esos impunes asesinatos perpetrados por menores a otros menores o esos casos de bulling en los colegios, son aunque parezca mentira el principio de males aún mayores.
Una vez más, es necesario un compromiso social para proteger a los menores pero prevaleciendo por encima de todo la coherencia y el orden natural de las cosas. Si un menor hoy sabe que no debe soportar ser golpeado con saña y que puede denunciar, ha de saber al mismo tiempo que él no debe golpear con saña a otro igual o a un mayor y que por la misma ley de medida, si lo hace e inflinge daño, está cometiendo un delito por el que puede ser denunciado, juzgado y castigado. Y nos corresponde a todos hacer que no sólo lo entienda sino que al mismo tiempo lo asuma con el orden y la responsabilidad que como individuo con derechos y obligaciones tiene. De lo contrario, estaremos engrasando una maquinaría dónde cada vez surgirán más delincuentes menores a los que, paradójicamente, tendremos el deber de proteger.
No estamos ante “ cosas de niños”. Estamos ante delitos cometidos por delincuentes menores que deben ser juzgados y condenados con firmeza y contundencia.
Va siendo de Ley nivelar la balanza de la justicia para protegernos todos de males mayores y menores.
Pilar Martinez Fernandez