En la habitación reinaba el silencio, tan sólo lo interrumpía los pasos inquietos y taciturnos de Lucia. Marcelo no levantaba los ojos del suelo. Estaba ensimismado en seguir con la mirada las juntas de las baldosas.

 El péndulo del reloj de pared, con su imperturbable vaivén, iba marcando cada segundo silencioso que pasaba en esa habitación.

La luz mortecina del atardecer fue dejando poco a poco todo en penumbra.

Marcelo finalmente levantó la mirada del suelo. Estaba somnoliento y abatido. En su rostro y en cada una de sus arrugas, se dibujaba la enorme tristeza que soportaba su corazón.

Buscó a Lucía por la habitación. No tardó mucho en encontrarla. Estaba de pie contemplando un cuadro de la pared.  Su mujer contemplaba la pintura como si no la hubiera visto con anterioridad. La tocaba con la punta de los dedos, escudriñando en los colores, en la textura.

Marcelo desde la otra punta de la habitación, la observaba callado preguntándose en qué estaría pensando su mujer en ese preciso momento. A menudo hacía cosas como esas, cosas a las que repentinamente daba importancia y que luego, nuevamente, olvidaba.     - Lucía, ven siéntate aquí conmigo, le dijo a la vez que encendía la lámpara de la mesita.

Pero ella inició de nuevo su incansable caminata como una muñeca de cuerda por la habitación.

Marcelo se levantó y se acercó a ella. Con suavidad y en tono pausado le dijo:- Siéntate, te vendrá bien Lucía, hazme caso.

-¡ No quiero¡, ¡ Déjame¡, le respondió con brusquedad mientras se mordía el

  labio inferior en un rictus de rabia.

- Sigue enfadada conmigo, pensó amargamente Marcelo.

Lucía estaba lejos, perdida en un mundo complejo donde se encontraba sola y enfadada. Marcelo por el contrario, sabía donde estaba, sabía que Lucía era su mujer y que estaban en su casa, pero nada estaba bien, nada era como habían planeado.

Cuando se casaron, prometieron envejecer juntos. Muchas veces se hicieron la firme promesa de sostenerse el uno en el otro hasta el final de sus días, sin embargo,  ni Marcelo ni Lucía contaron con el fantasma del olvido.

Marcelo desde hacía seis años, sostenía día y noche a Lucía. Le ayudaba a vestirse, a peinarse, a comer...sin embargo ella olvidaba, se perdía constantemente entre el pasado y el presente, dejándole muchas veces al margen o ignorándole como si, de repente, hubiera dejado de existir o no fuera ese hombre al que quiso tanto en otro tiempo.

El Alzheimer cayó sobre ellos como una sombra, una mala sombra que iba poco a poco apoderándose de la memoria de Lucía, de su rosa, como Marcelo siempre llamaba cariñosamente a su mujer.

-¿ Por qué te ocurre esto “ rosa”?, ¿ Por qué a ti?, preguntaba muchas veces cuando su mujer le miraba con la mirada pérdida. Pero no había respuestas. Sólo el amargor de ver cada día marchitar un poco más a su querida Lucía.

Esa tarde,  Marcelo se volvió a hundir en su tristeza después de intentar darle la merienda a su mujer.

Sobre la mesa donde solía merendar Lucía todas las tardes,  Marcelo le puso un plato con galletas y un vaso de leche. Todos los días le ponía la merienda a la misma hora y casi siempre lo mismo. Algunas veces en lugar de galletas, ponía bizcochos o algún croisant que compraba reciente por la mañana. Lo que no variaba era la leche. Siempre ponía un buen tazón de leche templada con azúcar.

Pero esa tarde, por alguna extraña razón, Lucía no quiso la leche. En cuanto vio el tazón, de un manotazo lo tiró derramando el líquido por la mesa y la alfombra.

Marcelo la miró atónito.

- ¿ Qué pasa?,  ¿ Porqué lo has tirado Lucía?.

-¡ No quiero eso¡, ¡ No me gusta¡, respondió.

Cuando su mujer se ponía tozuda, procuraba no contrariarla. Sabía que era inútil razonar con ella.

- Está bien, está bien..., come al menos las galletas, le dijo Marcelo   apesadumbrado.

 Pero no le escuchó.

- ¡ Quiero chocolate¡, chilló Lucía enrabietada.

Él, paciente pero aturdido al mismo tiempo, puso los ojos en blanco.-¿ Chocolate?,        ¿ Ahora quieres chocolate?.  Está bien, te haré un chocolate pero  te tienes que quedar sentada en el sillón un rato-.

Pero tampoco esta vez le escuchó. Le siguió con pasitos cortos y rápidos hasta la cocina.

Cuando Marcelo se disponía a sacar un cazo para calentar la leche, Lucía en tono déspota le dijo: - No quiero que me lo hagas tú, quiero que me lo haga mi madre. Llamale y dile  que venga a hacerme el chocolate. Ella sabe hacerlo bien. ¡ Tú no sabes¡-.

No era la primera vez que Lucía mencionaba a su madre fallecida, incluso a menudo recordaba retazos de su niñez en casa de sus padres como si los estuviera viviendo en el presente. Sin embargo, sí era la primera vez que Marcelo se veía menospreciado de aquella manera.

Dolido y vapuleado, trató de sobreponerse. 

- Tu madre no puede hacértelo Lucía, ella no está aquí ahora. Dejame que te lo haga yo.

Pero Lucía, esa tarde, no parecía dispuesta a dejarse convencer de ninguna de las maneras. Como una exhalación salió de la cocina vociferando:- ¡ Me voy a ver a mi madre¡, ¡ Adios¡, ¡ Adios¡...

  Marcelo salió tras ella. Consiguió alcanzarla en la puerta.-¡ No ahora no puedes ir Lucía¡, le dijo con firmeza.- Luego vamos, después de merendar ¿ de acuerdo?, Sentenció en un intento de calmarla y hacerla desistir de su idea-.

Fue en vano. Lucía, lejos de calmarse y dejarse llevar por su marido, le propinó una bofetada en la cara.

Marcelo la soltó con aspereza. Le dolió la bofetada, pero no más que el corazón. Se le quedó encogido y oprimido en el pecho.

Echó el cerrojo a la puerta para que Lucía no pudiera abrirla y la dejó marchar a su libre albedrío por la casa desistiendo de darle la merienda.

- Haz lo que te venga en gana, pensó, y se abandonó en el sillón.

Durante media hora lloró en silencio.

- ¿ Porqué no me deja cuidarla?, Se preguntaba. - ¿ Porqué me trata así?, ¿ Porqué Dios mío?, ¡ Porqué¡, gritó entre dientes-.

Los médicos le habían dicho que debía tener paciencia, mucha paciencia con la enfermedad de Lucía. Y él era paciente, trataba a su mujer con todo el amor del que era capaz,  pero cuando le trataba mal como esa tarde, flaqueaba y se hundía en lo más profundo de sus sentimientos por ella. -Se vuelve tan diferente, tan mezquina...pensaba-.

Una vez más, esa noche trató de sobreponerse a pesar de que su mujer parecía seguir enrabietada. No dejaba de caminar por la casa. Entraba y salía de las habitaciones como si buscara algo o alguien. Pero Marcelo no preguntó. Intuía que aún buscaba a su madre por alguna parte movida por ese extraño resorte que había saltado en su memoria esa tarde. Si algo había aprendido durante la enfermedad de Lucía, era a distinguir sus idas y venidas en el tiempo.

Sin embargo, ese mismo día, por la noche, ocurrió algo inesperado.

Como una noche más, Marcelo fue a preparar la cena.

Lucía, al verlo entrar en la cocina le siguió.

- Tengo hambre, le dijo.

Marcelo no dijo nada, pero ella le buscó con la mirada y le sacó la lengua como una niña traviesa.

Aquella mueca le pilló desprevenido y hasta le inquietó,  pero al comprobar que del rostro de Lucía había desaparecido la rabia y que en su lugar había una sonrisa pícara, se tranquilizó.

-¿ Qué vas a hacer de cena?, le preguntó.

- ¿ Te apetece tortilla francesa?.

Lucía arrugó el entrecejo.

- Me gusta más de patata. Yo sé hacer tortilla de patata, ¿ quieres que la haga yo?, preguntó muy voluntariosa a la vez que se remangaba las mangas-.

A Marcelo se le avivó el ánimo. Lucía había regresado. No sabía por cuanto tiempo, pero ahora estaba allí con él, en la cocina, en su casa y de mejor humor.

Se acercó a ella y le agarró de las manos.- Sí Lucía. Siempre has hecho para mí las mejores tortillas de patata. Siempre supiste hacerlas como me gustaban, con mucha cebolla y bien cuajada-.

Lucía le sonrió con ternura. En esos momentos, conocía y sabía quién era el hombre que tenía delante. - Sí, te gustan mucho mis tortillas, es verdad, le dijo.

- ¡ Ay rosa¡, de ti siempre me ha gustado todo, ¿ sabes que te quiero, verdad?, dijo Marcelo aflojando el tremendo nudo que le oprimía la garganta.

 Ella no dijo nada. Tan sólo lo miraba y lo miraba hasta casi desgastarlo de tanto mirarle a los ojos.

-  Hoy voy a hacerte yo la tortilla de patata. Quiero hacerlo Lucía, quiero hacer la mejor tortilla de patata para ti, le dijo a su mujer mientras le agarraba de las manos.

Y ella asintió con la cabeza como una niña obediente y complacida.

Marcelo, contento del giro que había tomado el ánimo de Lucia, se puso a pelar patatas y a calentar aceite en una sartén.

Lucía mientras tanto, lo contemplaba en silencio mientras jugueteaba con las manos.

En la cocina, solo se oía el chisporroteo de las patatas friéndose en la sartén. De vez en cuando, Marcelo, con una cuchara de palo daba vuelta a las patatas para que no se chamuscaran.

Pero de pronto, Lucía se levantó de la silla y se dirigió a la radio que había sobre un rincón de la encimera de la cocina.

Apretó todos los botones que tenía el aparato, pero no consiguió ponerlo en funcionamiento.

- ¿Puedes ponerlo?, Le preguntó a su marido.

- Si claro, ¿ Qué prefieres escuchar?, ¿ Algo de música?.

- Si, sí, música, canciones, canciones...dijo Lucía entusiasmada.

Marcelo enchufó el aparato y trató de localizar con el sintonizador una emisora con música. En la radio salían diferentes sintonías que se mezclaban unas con otras.

Lucía se reía. Le hacían gracia los intentos de Marcelo para encontrar una emisora que se escuchara bien.

- ¡¡Uff¡¡, ¡ Qué canciones más raras¡.

Del aparato de radio sólo parecían salir cortes de canciones y de voces que se entremezclaban sin sentido.

-Parecen discos rayados, ¿ a qué sí?, le dijo a su mujer un tanto divertido con la situación.

En la cocina, olía a patata friéndose lentamente, pero a su vez se respiraba algo más, algo que convertía esa cocina en un lugar muy diferente al de la hora de la merienda.

Marcelo sonreía. En su rostro se había disipado la tristeza. Lucía, mientras tanto, esperaba expectante  a que de la radio saliera alguna canción.

Y así sucedió. De aquel aparato, salió una canción totalmente inesperada para los oídos de Marcelo y de Lucía.

Tras los primeros compases de la melodía, curiosamente Lucía la reconoció enseguida.

-Es..., es..., ¡ El vals de las mariposas¡. Marcelo, ¡ es el vals de las mariposas¡, chilló Lucía entusiasmada.

Marcelo la miró estupefacto.

-¿ Lo recuerdas rosa?, le dijo Marcelo, ¿ recuerdas está canción?

- Si, si, si...dijo palmoteando.

En la radio se oía:

Cada día en tu jardín, te veo hermosa
como una de las mil, mil mariposas
tú me enseñaste a bailar, entre tus rosas
una tarde como ayer, maravillosa

Marcelo canturreaba y se balanceaba al compás del vals mientras miraba a Lucia. Ella también le miraba.

De pronto se levantó y le agarró de las manos para bailar.

- Baila conmigo..., le pidió

Y él, la agarró por la cintura como cuando eran más jóvenes y comenzó a dar vueltas y más vueltas por la cocina.

Dime si tú, hoy, quieres bailar con el son
de, el vals de las mariposas, conmigo
quiero bailar si, quiero bailar corazón
el, el vals de las mariposas, contigo....

Lucía sonreía y giraba, sonreía y giraba...

Marcelo, sin embargo, lloraba de felicidad mientras sentía girar a su mujer junto a su cuerpo.

- Te quiero, Marcelo...le dijo Lucía apretándose junto a su pecho.

Y Marcelo, mirando al techo de la cocina y elevando sus ojos al infinito susurró:

-Gracias, Dios mío, gracias...

Las patatas en la sartén, con su lento chisporroteo, estaban cogiendo un color tostado.

A ninguno de los dos pareció importarles. Sólo bailaban, bailaban al compás del “Vals de las Mariposas” de la radio.

Para Marcelo y Lucía, ese fue el momento único e irrepetible en el que renovaron su mutua promesa de amor en esa improvisada pista de baile en la cocina.

Al instante de acabar la melodía, Marcelo besó a Lucía en la mejilla. Ella, un rato más tarde volvería a sentarse en la silla para perderse de nuevo en el laberinto insondable de su memoria.

No comieron tortilla de patata para cenar esa noche. Sobre la mesa de la cocina, Marcelo finalmente puso dos platos con dos tortillas  francesas y dos lonchas de jamón york.

- Dos, siempre dos mientras la vida nos deje seguir juntos, se dijo Marcelo.

Sabía que hasta ese final, entre Lucía y él habría muchos días de amor y de olvido. Lo sabía bien, pero por amor, esa noche había renovado la promesa de sostener a Lucía en su olvido, y así debía ser. Hasta el final, siempre dos.

Autora: Pilar Martinez Fernandez. Año 2004.