Era mediados de junio. El verano aún no había entrado oficialmente por el calendario, sin embargo en la ciudad , el ambiente ya era veraniego desde hacía unos cuantos días.

Ese año, al igual que el anterior, mi nieta Sara iba a venir a pasar todo el verano conmigo. Aún faltaban quince dias para que llegara, pero tenía tantas ganas de tenerla pronto en casa que deseaba que pasaran los días lo más rápido posible.

Su compañía me alegraba la vida. La casa se llenaba con sus cosas, con su risa y cuidarla era tan fácil.... bueno todo era fácil menos peinarla. Siempre se quejaba de que la tiraba del pelo cuando le hacía sus dos coletas respingonas.

Sara ese año iba a cumplir seis años, lo recuerdo bien. Yo quería regalarle algo especial, algo que le hiciera mucha ilusión. Siempre que le regalaba algo, deseaba que fuera así pero..., esta vez,  el deseo era aún mayor; todo me parecía poco.

En realidad, para su cumpleaños aún quedaba un mes, pero...no se, supongo que por esas cosas que sólo las abuelas hacemos en algunas ocasiones, estaba decidida a dárselo el mismo día que llegara para que disfrutara de su regalo desde el primer momento que estuviera conmigo.

Busque y rebusqué intentando encontrar ese regalo tan especial para Sara, pero no terminaba de encontrarlo y cada vez quedaba menos para su llegada.

La verdad es que hasta ese momento, no había tenido mucha suerte con la búsqueda, pero curiosamente  no estaba preocupada; algo me decía que terminaría por encontrar lo que buscaba.

Esa tarde decidí salir a dar una vuelta. Hacía calor pero no me importaba. Las tardes eran largas, demasiado para alguien que  no sabía muy bien en que emplear tanto tiempo.

Caminé sin rumbo fijo, sin prisa, como si mis pies fueran solos hacía ninguna parte.

Después de caminar durante un buen rato, llegué hasta una calle larga y estrecha por la que no recordaba haber pasado antes. Conocía perfectamente las calles de mi ciudad, pero ese calle... no la conocía, no se, sentí algo extraño, como si de pronto me encontrara en otra ciudad.

Caminé despacio por la acera. En realidad no sabía muy bien hacía donde me dirigía. Al final del callejón sombrío se veía la intensa luz del sol  que iluminaba una calle perpendicular.

 Al pasar al lado de unas cajas de cartón que había en medio de la acera, me dio tiempo a ver algo que asomaba entre una de ellas.

-         Es un muñeco viejo..., me dije.

Y sin dar demasiada importancia a ese detalle, seguí mi camino; pero repentinamente, sin saber muy bien porqué, giré la cabeza para mirar hacía el lugar donde acababa de ver las cajas de cartón.

 Me quedé un rato dudando. No sabía si continuar hasta el final de la calle o retroceder hasta esas cajas.

Finalmente, decidí  retroceder.

Supongo que fue curiosidad lo que guió mis pies, de otro modo no consigo explicar el porqué retrocedí ni porqué  hice algo que nunca antes había hecho. Si alguien me hubiera visto, pararme de repente, retroceder y en cuestión de segundos, mirar entre la basura, seguro que hubiera pensado que no estaba muy bien de la cabeza.

Por suerte para mi, nadie pasaba por esa calle. El silencio casi era total. Sólo se percibía el arrullo de  una pareja de palomas en una cornisa.

Enseguida vi la cabeza del muñeco. La verdad es que era fácil verlo. Asomaba de una caja como si quisiera curiosear lo que ocurría en la calle. Estaba algo sucio, pero sus ojillos azules parecían querer verlo todo.

 Por un momento sentí que me miraban fijamente, cómo si quisieran decirme algo...

Agarré la cabeza con las dos manos para sacar de la caja al muñeco, pero...

-         ¿ que pasa aquí?, pregunté sorprendida.

De la caja, solo había conseguido sacar la cabeza. El cuerpo del muñeco no estaba junto a la cabeza.

 A punto estuve de volver a poner la cabeza donde la había encontrado, pero justo cuando iba a dejarla en la caja de nuevo, pude ver  el resto del muñeco tirado en el hueco que quedaba entre las cajas y la pared.

-                     Con que ...¿ estabas ahí?, me dije.

Me agaché y lo recogí..

Cuando tuve todas las partes del muñeco entre mis manos, me di cuenta de que ese juguete, no era como todos esos que me había hartado a ver durante los últimos días. Era antiguo. El material del que estaba hecho era de un plástico duro y rígido; brillaba como si estuviera barnizado. Las muñecas que había visto, eran blandas, de goma y mucho más pequeñas que ese muñeco.

Tenía la figura y el tamaño de un bebé recién nacido. Sus piernecitas rollizas y su tripa abultada y brillante, le daban un aspecto tierno; los brazos y los dedos de sus regordetas manitas,  parecían decirme , ¡ cogeme ¡,¡ llevame contigo¡.

La verdad es que en ese momento, no sabía que hacer con él.

-         ¿ y ahora qué?, ¿ qué hago contigo?, le pregunté al muñeco como si pudiera responderme.

 Supongo que fueron imaginaciones mías, pero por un momento me pareció ver una expresión  en el rostro del muñeco. Cómo una mueca, no se...

El caso es que al final,  decidí llevarlo a casa y tratar de arreglarlo.

No estaba segura de poder devolverle un aspecto digno a ese pobre muñeco, ni tampoco si Sara querría jugar con algo que había encontrado tirado en la calle entre unas cajas,  pero por otro lado,  tampoco me veía capaz de volverlo a dejar allí tirado después de recogerlo.

Siempre fui un poco sentimental para ciertas cosas, ¡ que le vamos a hacer¡, pero pensé:

-         Por intentarlo, nada pierdo....

Eso si, no tenía tiempo que perder. Sólo me quedaban quince días por delante para arreglar ese viejo muñeco. Debía obrar el milagro antes de que llegara Sara.

Esa misma tarde, nada más llegar a casa, me puse manos a la obra.

Lo lavé bien con agua caliente y jabón hasta quitarle toda la suciedad que tenía pegada. Me costó un poco, pero cuando terminé de lavarlo bien, ya parecía otra cosa.

En la cara aparecieron unas mejillas sonrosadas. La boca estaba algo descolorida, igual que las cejas, pero sus ojos azules resaltaban ahora mucho más que antes. El pelo, también lo tenía descolorido. En la parte superior de la cabeza, se abultaban una especie de ondas  en relieve. En algunos lugares, la pintura se había quitado, en otros parecía haber perdido brillo...

En cambio el cuerpo, estaba perfecto. En las rodillas y en los brazos, se apreciaban unos matices sonrosados que le daban un aspecto más rollizo, más de bebé.

Eso me animó un poco.

-  Por lo menos en el cuerpo no tengo que hacer nada, pensé.

Pasé toda una semana arreglando el muñeco. Le pinté el pelo y lo barnicé. Le marqué las cejas con pintura marrón y hasta le volví a dibujar la boca.

Siempre sus intensos ojos azules, me miraban como agradecidos.

No obstante, lo más difícil fue unir la cabeza con el tronco. Al principio, no se me ocurría ninguna manera de poder encajarla sobre los hombros. El cuello, encajaba perfectamente pero enseguida se desencajaba porque el borde de la cabeza  estaba roto por varios sitios.

Recuerdo que durante al menos media hora, estuve sujetando con una mano la cabeza y con la otra el cuerpo sin saber a ciencia cierta como arreglarlo. Miraba los ojos azules del muñeco y el cuerpo rígido como si tuviera dos piezas de puzzle que encajaban perfectamente pero que sin embargo, se empeñaban en no mantenerse encajadas.

            -¡ ya lo tengo¡, me dije de pronto.

El ingenio y las ganas de arreglar el muñeco, finalmente me dieron una idea..

Rellené la cabeza del muñeco con trozos de espuma, después eché bastante cola; rápidamente encajé la parte redondeada del cuello en la abertura de la cabeza y presioné hasta que la cola hizo su efecto.

Cuando dejé de presionar, comprobé si se podía despegar con facilidad, pero no...

-         ¡ había quedado perfecto¡, ¡ el muñeco había quedado por fin unido¡.

-         Lo más difícil, está hecho

 Me sentí satisfecha. Había conseguido por fin,  devolver al muñeco la apariencia de un juguete, algo que había perdido cuando lo encontré.

Pero aún faltaba algo.

-        ¿ habrá que vestirte, no?, pensé.

Un muñeco sin ropa, por muy arreglado que estuviera y por muy bien pegada que tuviera la cabeza, no dejaba de ser un juguete en cierta manera algo incompleto.

Con unas cuantas madejas de lana de diferentes colores que compré, tejí un jersey, unos pantalones largos , unos patucos y un gorro.  

Tardé otra semana en terminar por completo la ropa del muñeco, pero cuando finalmente terminé y se lo puse todo, yo misma me quedé sorprendida del resultado.

Había quedado precioso y...

-        ¡ justo a tiempo¡

No era para menos. El muñeco no sólo había quedado como nuevo, además había conseguido tenerlo listo en la fecha prevista.

 Al día siguiente llegaba Sara por fin. El tiempo había pasado rápido después de todo...

De todas maneras, durante esos quince días, pese a haber estado tan ensimismada con la restauración del muñeco, no se me había olvidado el regalo de cumpleaños de mi nieta, al contrario; lo tenía muy presente, pero conforme fueron pasando los días y viendo que conseguía devolver al muñeco un aspecto bastante digno, me fui convenciendo de que ese muñeco iba a ser el regalo perfecto para Sara.

 Lo cierto es que ya había decidido con anterioridad que sería para ella, ¿ para quién sino?, pero...algo me decía que en esa mirada azul infinita del muñeco, estaba eso tan especial que quería regalarle.

Sin embargo, ahora que el momento esperado se acercaba,  las dudas volvieron a aparecer...

-¿ Y si a Sara no le gusta?, pensé..

Sus muñecas no se parecían en nada a ese muñeco. Era grande, algo rígido...

Lo estuve mirando durante un buen rato como embobada.

-         A mi me pareces  tan bonito...,dije mientras le colocaba mejor el gorrito.

Pero claro,  yo no era una niña, era una abuela con una ilusión tremenda por hacer feliz a su nieta.

-         ¿ y si no le gustas?, le pregunté al muñeco como si pudiera contestarme.

Naturalmente, el muñeco no me contestó, pero juraría que se le abultaron sutilmente las mejillas como si esbozara una sonrisa...

No se, supongo que ya por aquel entonces, mi cabeza empezaba a desvariar e imaginaba lo que no era.

Decidí no dar más vueltas al asunto.

-         Si no le gusta, ya pensaré algo que regalarle, para su cumpleaños aún faltan unos cuantos días...,me dije.

Senté el muñeco sobre la cama en la que iba a dormir Sara, cerré la habitación y me fui a la cama para descansar. Lo hecho...hecho estaba.

Cuando por fin llegó el gran día y mi nieta entró en casa, no le dije nada del muñeco.

Sara, como solía hacer siempre que llegaba a mi casa, recorrió todas las habitaciones para comprobar que todo seguía igual.

Cuando llegó a la habitación donde ella iba a dormir  y lo vió...

-         ¡ Abuela¡, me llamó excitada.

Yo fui corriendo hasta la habitación. El corazón me latía muy deprisa. Por fin, saldría de dudas.

-         ¿ ese muñeco, es para mi?, preguntó.

-        Si, es para ti, me apresuré a contestar, ¿te gusta?

-        Es el muñeco más grande que he visto nunca ¡parece un niño de verdad¡, me dijo muy emocionada.

 Sara estuvo mirando el muñeco durante un buen rato. No preguntó nada, tan solo se limitaba a mirarlo con atención descubriendo cada pequeño detalle que yo, con tanto cuidado y amor había procurado reparar para que tuviera buen aspecto.

Yo estaba nerviosa. Siempre que le regalaba algo, me encantaba ver su cara de sorpresa, pero esa vez,  esperaba ver algo más, necesitaba ver en su cara ilusión, ganas de abrazar ese muñeco y hacerlo suyo.

-         ¿ Sabes abuela?, le voy a llamar Pepe.

-         ¿Pepe?, pregunté yo un poco extrañada...

-         Se me ha ocurrido de pronto, dijo Sara. A mi me parece que tiene cara de Pepe ¿ a ti no, abuela?

No se que extraña imaginación bullía por la cabeza de Sara cuando dijo que el muñeco tenía cara de Pepe, pero...¿ quien era yo para ponerle otro nombre al muñeco?

-         Es tu muñeco, Sara, puedes ponerle el nombre que quieras, pero... ¿ de verdad te gusta?, pregunté intentando cerciorarme.

-         ¡ claro que si¡. Seguro que mis amigas no tienen ningún muñeco tan grande. Parece un niño de verdad. Me gusta mucho abuela, es el mejor regalo del mundo.

Y con esa espontaneidad tan suya, me dio un abrazo tan grande que casi me dejó sin respiración. No hubo necesidad de explicarle nada más.

Me sentía feliz, mi esfuerzo por restaurar aquel pobre juguete había llenado de ilusión a Sara. Ese muñeco volvía a tener vida en manos de mi nieta.

Ese verano pasó, pero vinieron otros. Pepe siempre permanecía allí sentado sobre la cama, esperando  a que Sara llegara como cada verano y jugara con él.

Asé fue durante algunos años, pero Sara se hacía mayor y yo temía que en cualquier momento, perdiera el entusiasmo por el pobre muñeco.

Pero no, nuevamente, me volvió a sorprender.

-         Abuela, ¿ donde compraste a Pepe?, no he visto nunca un muñeco como el mio, parecidos sí, pero igual , igual...no, me dijo un día de pronto.

Por un momento, no supe que contestar, sin embargo, decidí contarle la verdad.

-        Lo recogí de la basura, roto y estropeado. Estaba entre unas cajas todo sucio y decapitado. Yo misma lo arreglé para ti, le dije.

Le conté todo el proceso;  como lo recogí, como lo lavé y arregle...cuando terminé de contarle la historia de su muñeco, Sara me miró con sus enormes ojos y me dijo:

-        ¿  sabes una cosa?, es el mejor muñeco que he tenido y ahora que se su historia, lo tendré siempre conmigo y así cuando lo mire, me acordaré siempre de ti..

Sara, acababa de decirme lo que una abuela siempre desea oír de la boca y del corazón  de sus nietos, pero además me dijo con rotundidad eso que desde que encontré ese muñeco, quise escuchar: “ es el mejor muñeco que he tenido”. 

Definitivamente, el día que rescaté a Pepe de esas cajas, había encontrado el mejor regalo del mundo para mi nieta.

Pasaron los años y naturalmente Sara dejó de ser una niña. Sus coletas  se convirtieron en una bonita melena y sus piernas crecieron y crecieron sin parar.

 Pepe, por el contrario, seguía sentado en una cama con el mismo jersey, el mismo pantalón, los mismos patucos y el mismo gorrito que yo tejí como si realmente el tiempo no hubiera pasado por él.

Pero..  ya no era el muñeco de juegos, tampoco estaba en mi casa. Estaba en casa de Sara, sentado encima de su cama. Se había convertido en algo mejor, en algo que si los juguetes tuvieran la posibilidad de elegir y convertirse en algo diferente cuando dejan de ser compañeros de juegos, se convertirían sin dudarlo. Pepe se convirtió en confidente, en ese fiel amigo que espera y siempre está dispuesto a escuchar. Sus ojillos azules e infinitos, fueron para Sara esa mirada que necesitaba encontrar cuando quería aflojar su corazón. Con él, Sara, además de jugar, aprendió a expresar lo que sentía y a superar sus pequeñas frustraciones; algunas veces lo necesitaba más, otras menos, pero nunca lo apartó de su lado.

Aún lo conserva, lo estoy viendo ahora, desde aquí arriba...desde este lugar que estoy ahora.

Está sentado, inmóvil y mirando al infinito con sus ojos azules. Bueno no...ahora parece que me ha guiñado un ojo.... No, esta vez no son imaginaciones mías, ¡ me ha guiñado un ojo¡.

 En fin, ya veo que ese muñeco se las sabe todas.

Estoy muy orgullosa de Sara y siento que aún me lleva en su corazón.

Ya no podemos estar juntas. Mi tiempo, se acabó. Yo estoy aquí arriba y ella, ahí abajo, pero se que Sara, en ese muñeco que encontré y arregle para ella, me sigue viendo a mi y me mantiene viva en su recuerdo. Lo siento cada vez que lo acomoda en la cama con mucho cuidado y le coloca el gorrito que siempre se empeña en estar ladeado...

Hoy más que nunca, estoy segura de que valió la pena rescatar a Pepe de aquellas cajas, aunque la verdad..., creo que después de todo ,hice lo más fácil.

Lo difícil y sin duda lo más bonito de esta historia, es que una niña y un muñeco, hayan sido capaces de mantener un vinculo  tan especial a lo largo del tiempo .Cuantos juguetes y muñecos, que  hoy funcionan con pilas y sofisticados mecanismos, terminan desterrados y rotos cuando los niños crecen o los rompen hastiados por el desencanto de un simple capricho....

Pero nunca se sabe. Pasó una vez y puede volver a pasar. Demostrado está que, a veces, las cosas más especiales de nuestra vida, pueden ser aquellas que otros... menosprecian.

                          Pilar Martinez Fernandez.

 Año 2001.     ( A la memoria de mi abuela Felisa)