17 de Octubre.
Quince días en el campamento base sin poder seguir adelante. La paciencia se agota. Julia y los dos italianos, han decidido abandonar. Hoy han emprendido el regreso.
Yo no. No quiero rendirme, ¡ No quiero¡ ¿ Cuándo dejará de nevar, maldita sea?...
Los días, a 6000 metros de altura, pasan lentos, demasiado lentos. Pero estoy tan cerca de cumplir mi sueño que...No. No puedo abandonar ahora. Tengo que aguantar. He de conseguirlo por las dos, por Julia y por mí.
- Tú puedes lograrlo, Victoria. Es tu sueño. Tu aventura, me dijo antes de marchar.
Horas antes de su partida, le grité que era una cobarde por abandonar. Una estúpida. Y ella, mirándome a los ojos me dijo:
- No soy como tú. ¿ Es que no puedes entenderlo? ¡ No quiero seguir¡
Pobre Julia. Me arrepiento tanto de lo que le dije.
No soy más valiente que ella, ni tan siquiera más fuerte. Soy más obstinada, tal vez. Pero ahora pienso si tanta obstinación no ocultará mi cobardía. Hasta para rendirse y aceptar la derrota se necesita ser valiente, yo en cambio, no la acepto. Me falta coraje para rendirme y encajar el fracaso.
Pero esta espera incierta está durando tanto que, a ratos pienso si no estaré esperando en vano. Quien sabe si no terminaremos rindiéndonos uno por uno ante La Diosa.
Todos en la expedición la llamamos así. La Diosa Annapurna.
Dicen que en el Nepal tienen su morada los dioses y que, Annapurna, es la diosa de la abundancia, de la plenitud...
Para mí es la diosa de las alturas y es bella, muy bella. Es una pared hacía el cielo, un sueño.
Pero ella, me niega un día tras otro, su cumbre. ¿ Por qué Annapurna?, ¿ Por qué?.
Desde Pokhara hasta aquí, todos hemos sufrido por ti Diosa. Aún recuerdo ese día en que llegamos a tu Santuario después de caminar por el valle de Modi Khola.
Aquel día, Julia y yo te vimos por primera vez de cerca.
Para algunos de nuestros compañeros de expedición, eras un ochomil más que añadir a su historial alpinista, para nosotras, sin embargo, eras la primera, tú la elegida para medirnos contigo.
Ya entonces me pareciste inexpugnable pero cuanto más te contemplaba, más quería acercarme a ti y coronar tu cumbre. Era todo un reto. Una mujer frente a una diosa.
Fue el 25 de septiembre, el mejor día de toda la expedición desde que decidimos someternos a los caprichos de tus verticales.
Las montañas que estaban a tu lado, formaban un circo espectacular, pero tú, solamente tú me desafiabas desde tu vertiente sur. Y yo, te miraba, te miraba como la mujer que había aceptado tu reto.
Desde ese día, no he hecho otra cosa que sufrir por ti. El frío ha quemado mi cara, he rozado la extenuación, lo prueban mis notas escritas día a día en este cuaderno. Estás siendo muy dura conmigo, Diosa, muy dura con esta alpinista.
Pero no voy a rendirme, ¡ Me oyes!. No puedes castigarme eternamente...
( Releo mis notas a partir del 25 de Septiembre)
Primer campamento base a 4000 metros de altura y primer amanecer en la cordillera del Himalaya. Un mar de nubes bajo nuestros pies y un sol caprichoso jugando con las montañas, todo un regalo para los ojos de todos mis compañeros de expedición.
Lo recuerdo bien. Mi fe y mis fuerzas, se renovaron en ese amanecer. Ese día, a pie de página, escribí: “ gracias por tanta belleza, Diosa de las alturas”.
Se sucedieron días de verticales y desniveles arriesgados. Una avalancha repentina a punto estuvo de echarlo todo a perder. Ese día, me hiciste sentir el pánico Diosa, un pánico indescriptible. Fue el 30 de Septiembre. Tampoco olvidaré nunca esa fecha. Difícilmente se puede olvidar el día en el que se estuvo a punto de morir. Mis compañeros, tampoco lo han olvidado. Creo que ese día, cada uno en su saco de dormir, te dio las gracias en silencio por dejarnos vivir.
El 30 de Septiembre escribí: “ hemos estado a punto de fracasar, diosa Annapurna pero...”.
No pude terminar de escribir la frase. Me temblaba la mano de frío o de miedo, o tal vez de las dos cosas al mismo tiempo.
Pero el desafío continuó. Continuó hasta el siguiente campamento base a 5500 metros de altitud.
(Leo las notas del 2 de Octubre).
Fue un día complicado. La escalada fue dura. Un glaciar inmenso y espectacular se abría paso en nuestra ruta. Una vez más, me hiciste caer en la cuenta de mi pequeñez ante ti, diosa. Una mala pisada, un mal agarre de los grampones y...quién sabe si allí hubiera terminado la aventura.
No fue así y nuevamente, a pie de pagina escribí: “ gracias Diosa, una vez más, gracias”
El campamento base quedó instalado al final de esa jornada. Julia y yo estábamos cansadas y nos dolía todo el cuerpo, sin embargo, la noche era tan clara, tan estrellada que nos quedamos un rato contemplando el cielo.
Hasta en los momentos más difíciles para cualquier alpinista, la montaña puede ser generosa y mostrar su mejor cara. Tú lo hiciste esa noche, Diosa. Te maquillaste de blanco y púrpura para toda la expedición.
El blanco de la nieve, parecía plata brillante con la luz de la luna y, las estrellas, ¡ Dios mío¡, ¡ Cuántas estrellas¡. Eran incontables diminutos puntos brillantes sobre nuestras cabezas.
En el campamento, la gente guardó silencio, un silencio inmenso y ensordecedor. Algo así solo se siente a 5000 metros de altura. Fue increíble.
Al día siguiente, ya no nos dejaste emprender la escalada. El 3 de Octubre, comenzó la larga espera. El viento y la nieve se aliaron contigo.
El frío es lo peor aunque no menos que esta espera. ¿ Hasta cuando pretendes tenernos así?, ¿ Hasta cuando Diosa?.
Eres tan indolente, Annapurna. Tan caprichosa...
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Día 22 de Octubre
Hoy, de pronto has empezado a brillar de nuevo, blanca e inmaculada como el vestido de una novia. Después de tantos días de bruma, nieve y frío, le has hecho un guiño al sol para que nos dejara verte de nuevo. Eres una diosa, sí. No hay duda.
Mañana vamos a intentar hacer cumbre, pero seguro que ya lo sabes. Lo has sabido desde el principio. También sabes si lo lograré o no lo lograré, ¿ verdad?, ¡ Verdad Annapurna¡.
Pues lo voy a intentar ¿ me oyes?. Llevo aquí demasiado tiempo esperando como para no intentarlo. Acepto el desafío. Tú eres La Diosa. Lo sé, y yo, una mujer. Una alpinista, pero estoy decidida a medirme contigo. Estoy preparada para sufrir por ti. Es algo extraño querer sufrir por una cumbre, arriesgarse incluso a perder la vida pero hoy, aquí en el Himalaya, después de tanta distancia recorrida y tanta espera, no deseo otra cosa que emprender la escalada y coronarte, Annapurna.
A mis compañeros de expedición, les ocurre lo mismo; en todos ejerces una atracción extraña, mezcla desafío y sufrimiento. Pero no te confundas, Diosa. Eres bella, esbelta y peligrosa, muy peligrosa pero... llegar a tu cumbre es una cuestión de superación. De vencer nuestros límites...
Nadie quiere rendirse, pero somos tan frágiles...
Hemos visto rendirse a unos cuántos compañeros de expedición. Los que aún aguantamos, no perdemos la fe, pero es tan fácil perder el equilibrio. No el que te hace caer al suelo, sino ese otro entre cuerpo y mente, el que nos avisa de nuestras limitaciones y nos hace actuar con sensatez.
Y aquí y ahora, puede peligrar tanto ese equilibrio, puede distorsionarse tanto que, aventurarse puede ser sobrepasar el límite y morir en el intento.
Empiezo a entender a Julia. Me acuerdo tanto de ella...
Hoy nos has regalado un sol espléndido, Annapurna. Y te lo agradezco, te lo agradezco muchísimo...
En tus manos me tienes, Diosa. Sé que tú eres más poderosa. Mañana voy a intentar llegar a tu cumbre. No me dejes caer, Annapurna.
Día 24 de Octubre
Se puede escribir de una y mil maneras un éxito, una victoria. Un exaltado ¡ Lo logramos¡ con un montón de signos de exclamación delante y detrás, con frases de júbilo y de furor por doquier, sin embargo, todo se queda tan escaso frente a las sensaciones de un momento de plenitud...
Ayer, cuando por fin coronamos a La Diosa, sentí la superación traspirando por todos y cada uno de los poros de mi piel. También el dolor y el sufrimiento, pero allí arriba ante el Himalaya infinito, a lomos de Annapurna, mi cuerpo pareció separarse de mi alma. Como si estuviera anestesiado. Sólo podía contemplar cuánto me rodeaba y expandir mi corazón para llenarme de tanta maravilla. Me sentí tan pequeña y grande a la vez. Tan débil pero fuerte a la vez, tan vencedora pero frágil al mismo tiempo. Tanto vacío ante mí, tanto cielo a punto de ser rozado por las finas agujas montañosas, era estremecedor y tan bello. Digna morada de los dioses. Un Olimpo.
Los piolets, me sujetaban. Los clavé firmemente en la nieve cegadoramente blanca y dura. Quería mantenerme erguida, solemne en la cumbre de La Diosa.
¡Lo he conseguido¡, me repetía entre dientes una y otra vez. También se lo susurraba a Annapurna. – Te conquisté, Diosa. Te conquisté...Pero ella, sólo silbaba.
Lo he conseguido, sí. Annapurna me dejó llegar a su cumbre.
Ayer 23 de Octubre fue por fin el día esperado. Un día que marcaré con un círculo en ese calendario personal que guardo en mi memoria.
Mis compañeros dicen que hemos vencido a La Diosa, pero no. Creo más bien que ella quiso que la conquistáramos. Pero eso da igual.
Todos en la cumbre nos hemos abrazado. El espíritu de la expedición, allí arriba, se ha fundido en un encadenado abrazo. Nos hemos acordado de los italianos y de Julia. Yo sobre todo de Julia. Y recordé sus palabras: “ tu puedes lograrlo, Victoria” .
Lo he logrado sí, pero no soy más fuerte que Julia, ni que La Diosa.
Ahora, de nuevo en el campamento base, y con esa calma relativa que se puede tener después de conseguir uno de los mayores retos de tu vida, puedo escribir aquí que he conseguido mi primer ocho mil, pero he aprendido algo. Algo muy importante que no tiene nada que ver con ser fuerte ni obstinada.
Esta vez, Annapurna, me ha dejado ganar. La Diosa ha dejado ganar a la mujer. A la alpinista que hay en mí, pero ella es quién siempre ha mandado, quién ha decidido y quién ha jugado con mis límites. Ahora sé que si lo intento otra vez, tal vez me rechace. Y si eso sucediera, tendría que aceptar el esfuerzo como el mayor de los triunfos. Como hizo Julia cuándo abandonó la expedición, o cómo hicieron los italianos.
No lo comprendí en aquellos momentos. Ahora sí lo comprendo.
Mañana emprenderemos el regreso a casa. Estoy cansada, muy cansada. Me duele todo el cuerpo. El estómago apenas admite lo poco que como. Pero ha merecido la pena.
¿ Después de esto?. No sé. Tiempo para recuperarme, para releer este cuaderno, para pensar en esta experiencia, tal vez para pensar en nuevos retos. Quien sabe...
Ahora me siento satisfecha, plena, pero sobre todo agradecida, muy agradecida a La Diosa, por dejarme ver el mundo desde donde ella lo ve. Desde esa envolvente altura por la que muchos alpinistas dan la vida. Yo no he pagado tan alto precio. Toda una fortuna y dulce victoria...
“Gracias, gracias Annapurna por dejarme esta vez...”
Cuaderno de viaje expedición al Annapurna.
Victoria Castellanos. Annapurna, 8091 metros. Octubre 2005.
Autora Pilar Martinez Fernandez
Año 2005