Andrea miró a su alrededor, quería cerciorarse de que estaba allí, en ese lugar tan suyo que había arrinconado en lo más hondo de sus recuerdos. Nunca antes había experimentado esa sensación extraña de conocer algo muy bien y a la vez sentir curiosidad por volver a verlo como si fuera la primera vez. Aparcó su coche en un pequeño descampado arbolado que había nada más pasar un pequeño puente de piedra que cruzaba el Canal de Castilla,  muy cerca de una de sus esclusas.

El canal, tan vivo como siempre, con su agua mansa y tranquila fluyendo incansable, provocó en Andrea la súbita necesidad de zambullirse en esos recuerdos de infancia.

En ese lugar había transcurrido gran parte de su vida. Allí muy cerca de esos juncos entrelazados en los márgenes del canal, había vivido con sus abuelos. Al fallecer sus padres tempranamente, su abuela aún muy vital por aquel entonces, no dudó en hacerse cargo de su nieta.  El abuelo por su parte, hombre del campo y con esa sabiduría que la naturaleza otorga a quienes la observan, tampoco vaciló ante la situación de desamparo de Andrea, no tenía a nadie más, sólo a ellos,   comprendía la responsabilidad que debían afrontar con la niña, pero conocía ese lugar mejor que nadie, sabía cómo eran los inviernos, cómo la primavera jugueteaba con las inclemencias del tiempo. Él estaba acostumbrado, curtido, pero y la niña, ¿lograría adaptarse a la vida del campo?, ¿ y si no le gustaba?...y si, ¿por ella, tenían que renunciar a su modo de vida e irse a la ciudad?.

Pero nada de eso ocurrió, Andrea, tan vital como su abuela, supo respirar desde el principio la humedad de aquella vega horadada por el Canal de Castilla al Oeste y por el rio Pisuerga al Este. El pelo se le  enredó muchas veces con los finos vientos de marzo,  pero siempre su abuela Isi, con esa paciencia que solo las abuelas tienen, le cepillaba el pelo hasta dejarlo suave y totalmente desenredado.

Aprendió a endulzarse el paladar  con los sabores de la naturaleza ; Las moras en agosto, las manzanas y las uvas en Septiembre...En ese lugar había aprendido a ser feliz. Todos los temores de su abuelo Cándido se disiparon; las mejillas de Andrea se sonrosaron y sus constantes y espontáneas sonrisillas, colmaron de felicidad a sus abuelos.

 Una bicicleta granate que el abuelo Cándido le compró un día que fue a la ciudad,  fue su cómplice en  muchas de sus aventuras. Le gustaba echar carreras al tren que solía parar en el apeadero para recoger algunos viajeros y vecinos que iban a Palencia. En cuanto el tren comenzaba a moverse, Andrea pedaleaba con todas sus fuerzas  por el camino paralelo a las vias  para conseguir una ligera ventaja a ese caballo veloz sobre raíles. Como mucho llegaba hasta la casa de la señora Marcela, enseguida el tren cogía velocidad y la dejaba atrás sin miramientos, ajeno al espíritu competitivo de una niña que fracasaba en su carrera intento tras intento.

Todos estos recuerdos, ahora fluían con la misma intensidad y fuerza que lo hacía el agua del canal en esa esclusa.   Todo parecía estar exactamente igual. Era como si el tiempo allí no hubiera transcurrido con esa rapidez que tanto estremece cuando se empieza a rebuscar en los recuerdos. Pareciera que los años se hubieran confabulado con esa envolvente naturaleza para dar a todo ese paraje, los mismos tonos, los mismos contrastes del paisaje que había guardado en su memoria y que ahora poco a poco, volvía a recordar.

El asfalto humeante de esa gran ciudad donde vivía era como un imán que no la dejaba alejarse con facilidad. La rutina y su trabajo, habían hecho de Andrea una mujer muy diferente a la que se fraguó entre esos campos al norte de Valladolid. Se marchó cuando tenía veinte años; creyó volar para encontrar el futuro que no se vislumbraba con claridad  en el ámbito rural. Poco parecía ofrecerle ese lugar  para su inquieta juventud necesitada de horizontes . Ese mundo rural había estado bien para sus abuelos,  gente que había aprendido a sacar partido a esos campos, que no sentían la necesidad de probar otras cosas para encontrar su felicidad,  estaban curtidos por el sol y muy acostumbrados a vivir con lo que la tierra generosamente les daba.

La ciudad se mostraba más atractiva para ella,  más idónea para encontrar esas oportunidades que como mujer necesitaba. Sus abuelos eran conscientes de la inquietud de Andrea, y en el fondo la comprendían, pero en su más noble cariño por ella, lamentaban que irremediablemente se tuviera que marchar de allí. No la detuvieron, cuando llegó el momento,  Andrea, cogió un tren y  marchó lejos emigrando hacía un lugar más cálido en oportunidades lo mismo que hacen algunas aves cuando sienten que el invierno se acerca.

Encontró un trabajo. No era gran cosa pero ganaba lo suficiente para alquiler un pequeño piso. Se instaló en él y se dedicó a trabajar y estudiar para conseguir un trabajo mejor. Trabajaba y estudiaba sin apenas tener tiempo para nada más. De vez en cuando volvía para pasar fines de semana con sus abuelos,  pero la lejanía de esa gran ciudad donde vivía y su ritmo de vida,  hizo que poco a poco las visitas a sus abuelos fueran menos frecuentes; les quería mucho, nunca había querido a nadie tanto como a ellos, pero era una mujer joven con demasiadas aspiraciones, con demasiadas ganas de encajar en una sociedad que no se lo ponía fácil. Trabajar y superarse a si misma, absorbía totalmente su tiempo y hasta su voluntad. Pasaba Navidades y alguna que otra fecha importante en compañía de los abuelos ; el resto del tiempo les llamaba de vez en cuando por teléfono para saber cómo estaban. Se acomodó demasiado en la vida que ella misma se había impuesto e incluso le gustaba el cosmopolitismo de la capital, sustituyó poco a poco  el campo y el sonido de los grillos en la noche por las luces de neón y el claxon  de los coches.

El tiempo fue pasando y como suele ocurrir con los árboles más viejos, los abuelos de Andrea fueron consumiéndose en su vejez hasta morir casi al mismo tiempo. Primero murió el abuelo Cándido.

Como un día cualquiera, se fue a la cama, cerró los ojos y el corazón, cansado ya de trabajar, se paró para no volver a ponerse en marcha nunca más. Tres meses más tarde, la abuela Isi, después de tres días en el hospital aquejada de una neumonía, una parada respiratoria ahogó sus pocas ganas de vivir, cerrando los ojos y marchando con serenidad del mundo de los vivos.

Andrea, después de la muerte de sus abuelos, se sintió tremendamente culpable. Se reprochaba no haber pasado más tiempo con ellos en sus últimos años. Seguramente la habían necesitado, pero ellos nunca se lo dijeron; en las conversaciones que mantenían por teléfono, su abuela siempre le decía que si ella estaba bien en la ciudad, ellos estaban contentos, no necesitaban nada más. Pero ella no supo escuchar entre líneas, debió percatarse de que en ese empeño que siempre tenían sus abuelos por simplificar las cosas, estaban siempre ocultos sus deseos de que estuviera allí con ellos. Debió acompañarlos más en su vejez lo mismo que hicieron con ella en su desamparada niñez.

 En su tristeza, en seguida se dio cuenta que era demasiado tarde para cerrarse en la idea de lo que pudo haber hecho y no hizo. Su vida estaba en una gran ciudad, lejos de allí; en ese momento, nada la retenía en ese lugar. Llorar por el recuerdo de su abuelo Cándido y su abuela Isi era lo único que podía hacer. Vació la casona, regaló los muebles y los útiles de labranza a viejos amigos y vecinos de sus abuelos y cerró la casa a cal y canto con la intención de no volver nunca más, dando un portazo a sus propios recuerdos y a los vínculos que tenía con ese lugar. Si sus abuelos ya no estaban ....nada le quedaba allí.

Pero ahora, Andrea había vuelto. No tenía una razón especial, fue un impulso. Quizá tuvo algo que ver el hecho de que unos días antes,  había puesto punto y final a una relación que hacía tiempo no funcionaba. El amor para Andrea siempre había sido complejo, necesitaba sentirse querida pero le costaba renunciar a su libertad; sus abuelos la había querido en la distancia, nunca trataron de retenerla, la enseñaron a sentirse un poco como los pájaros,  necesitaba volar a su aire, sin que nadie le dijera hacía donde ni como debía ir.

Al encontrarse allí de pie en esa esclusa del Canal de Castilla, observando la caída del agua, tuvo la sensación de desperezarse de un letargo que había tratado por todos los medios mantener perezoso.

Era Septiembre. En ese mes, la naturaleza aún se mostraba vigorosa para arañar un poco de esplendor al inevitable otoño. Los árboles cercanos, chopos altísimos y algún que otro robusto almendro, ya empezaban a soltar algunas de sus hojas. El verdor de la grama resurgía entre la vegetación agostada por el calor.

El agua que caía con fluidez por el desnivel de la esclusa, le recordó las muchas ocasiones en que fue allí con su pandilla a  merendar después de buscar cangrejos. Pepe, Nani, Lidia, Tato...   ¿ que sería de todos ellos?.

Caminó despacio  por el ancho camino de tierra que bordeaba el canal. Curiosamente, quería caminar pausadamente saboreando las sensaciones de sus propios pasos. En el cielo, los aguiluchos y las maricas se disputaban el cielo en busca de la mejor situación para divisar a los ratoncillos de campo que entre los campos de cereal, se escondían huidizos. Uno de los aguiluchos planeó por encima de su cabeza. Andrea siguió con la mirada al ave, hábil y perfecta en su vuelo. Algo había visto, no aleteaba, el aguilucho se mostraba sigiloso sobrevolando en circulo un campo de cebada ya cosechada. Se posó en un poste del tendido eléctrico; de repente, se dejó caer por la inercia con las garras enfiladas a medida que llegaba al suelo. Cuando finalmente rozó el suelo con sus garras, aleteó con gran fuerza para volver a elevarse.

Andrea puso una mano por encima de los ojos a modo de visera. Quería ver lo que había cazado aquella ave rapaz con esa habilidad tan calculada; como imaginó, entre las garras del aguilucho, un pequeño bulto, un ratoncillo seguramente, había sido la presa cazada. Ahora volaba más allá de los campos de cereal, justo donde comenzaba la arboleda de la ribera del rio Pisuerga. Seguramente allí tendría su nido. Andrea conocía muy bien esa ribera, fueron muchas veces las que  bajó al rio  en verano con su pandilla para bañarse. Le encantaba tumbarse entre la frondosidad de los árboles y cerrar los ojos. Escuchaba el trinar de los pájaros y se imaginaba que la naturaleza le susurraba al oído.

Cerró los ojos. Respiró...abrió de nuevo los ojos ante el sonido de un tren que se acercaba. La vía estaba paralela al canal. Era fácil divisar a los viajeros en las ventanillas de los trenes, contemplando el mismo paisaje que ella tenía delante de sus ojos. A diferencia de aquellos anónimos viajeros, Andrea lo veía con más lentitud, respirando y oliendo el olor a agua, a juncos, a campos de cereal,  a alfalfa...., era su paisaje, el lugar del cual provenía y donde había vivido sus mejores años.

¿ Porque lo había apartado de su mente durante tanto tiempo?, ¿ porqué ese absurdo empeño por alejarse de allí cuando parecía sentir que pertenecía a él lo mismo que los almendros?

Se detuvo un momento. A pocos metros de allí, si todo estaba como ella lo recordaba, aparecería la casona de sus abuelos. Se sentía insegura, por un lado quería volver a ver la casa, los frutales, las tapias cubiertas con la olorosa y fragante madreselva, los rosales zarzeros de flor menuda y sonrosada, la huerta con sus surcos alineados con jugosas hortalizas...., pero por otro lado, y si...¿ todo había cambiado tanto que no le gustaba?.

Habían pasado unos cuantos años, a nadie podía culpar de la fealdad que posiblemente encontraría en la casona donde había pasado su infancia y adolescencia. Ella misma se había alejado de ese lugar,¿ a quien iba a reprochar  que todo hubiera terminando derrumbándose?. Ella era la única culpable, lo sabía y sentía temor ante lo que podía descubrir a pocos pasos.

Decidió seguir adelante. En el fondo el motivo de que estuviera allí era volver a ver la casa de sus abuelos; se había entretenido en la esclusa del canal para darse un margen de tiempo y dejar que los recuerdos poco a poco salieran del escondrijo donde con tanto empeño los había guardado. Caminar por ese camino que tantas veces había recorrido con su bicicleta granate, le había hecho entresacar como si fueran diapositivas acumuladas en su cerebro, todos y cada uno de los retazos que el paisaje de esa vega ofrecía con toda la intensidad que era capaz.

Quiso que sus pasos fueran lentos. No tenía prisa, quería tomárselo con  relativa calma para descubrir lo que sospechaba.

Andrea abrió mucho los ojos mientras oía sus propias pisadas en la gravilla del camino. Tras un pequeño maizal, como esperaba....apareció un tejado.

Enseguida reconoció esas tejas envejecidas de la vieja casona. Las dos caídas del tejado y una tercera menos elevada en un lateral, configuraban la que había sido la casa de la familia Quintana. El porche artesonado con vigas de madera, la piedra a media altura de la fachada, el pajar, la pequeña cuadra, el gallinero alambrado...., todo parecía permanecer intacto, como si de vez en cuando, alguien viniera a echar un vistazo a la pequeña finca de los Quintana y evitara que la dejadez y abandono de sus moradores anteriores, acabara provocando su desplome. Finalmente Andrea llegó hasta la misma puerta de la casona, olió las madreselvas que en la verja cercana se colgaban salvajemente, creyó sentirse embriagada por aquel olor dulzón, pero duró poco, en cuanto empujó la puerta que se doblegó sin mucho esfuerzo, el tremendo olor a rancio, humedad y vacío, inundó todo el porche.

No se detuvo, entró con firmeza al interior de la casona. Todos los temores que instantes atrás le habían hecho dudar de sus pasos, ahora se habían transformado en una inusitada decisión para descubrir de nuevo, aún a riesgo de desgarrarse por dentro, todo lo que había entre aquellas paredes húmedas y desfiguradas por el abandono.

Escudriñó todos los rincones. La cocina donde su abuela había hecho tantas y tantas mermeladas y conservas; la rica y hogareña gloria que al atizarla con unos cuantos maderos que su abuelo apilaba junto al gallinero, daba ese calor de fuego que enrojecía las mejillas cuando permanecías muy cerca de ella; la escalera de madera, algo carcomida pero con el mismo bolinche suelto del pasamanos en el primer escalón.

Subió por ellas hasta el piso superior. Las habitaciones olían igualmente a cerrado, a humedad rancia. En el techo había unas enormes manchas de moho que a juzgar por su color, eran algo perpetuo en esa techumbre que en otro tiempo recordaba blanca como la cal.

No había lámparas, ni bombillas, solo unos pequeños hilos de cable.

Andrea quiso ver su habitación. Estaba al final del pasillo, la última puerta a la derecha. Estaba cerrada. El resto de habitaciones permanecían  abiertas de par en par, pero por alguna extraña razón que Andrea desconocía, la puerta de su habitación era la única que estaba cerrada. No fue capaz de recordar sus últimos pasos cuando al morir sus abuelos cerró la casa. Ni siquiera recordó cuando fue la ultima vez que estuvo en esa habitación...en ese aspecto, los recuerdos eran muy confusos.

Tomó con firmeza el picaporte para hacer el impulso de entrar, pero algo se le resistía. Volvió a realizar la misma acción, esta vez con más fuerza que la anterior. De nuevo, algo se lo impedía.

Se quedó algo desconcertada. Parecía que algo extraño se revelaba, como si no quisiera que pasara por el umbral de esa puerta, como si no tuviera derecho a volver a pisar ese suelo que durante tanto tiempo había formado parte de su vida. No estaba dispuesta a marcharse de allí sin ver las cuatro paredes de su cuarto. Necesitaba verlo todo.

Empujó la puerta con toda la fuerza que era capaz de desarrollar con su cuerpo. Finalmente, la puerta blanca cedió y Andrea pudo entrar en el que fue en otro tiempo su santuario. Al igual que el resto de las habitaciones, tenía goteras, el papel pintando estaba descolorido y olía igualmente a rancio, pero había algo diferente.

Por el enorme ventanal, entraban los haces de luz que el sol, en su ocaso lento se colaba para dar una luminosidad anaranjada y algo mortecina en la habitación.

Uno de esos haces, como si quisiera con ello indicar o hacer una señal, iluminó en un rincón una vieja muñeca de trapo.

 Andrea, al ver la muñeca de trapo sucia y descolorida, tirada en el más iluminado rincón de su habitación,  sintió un fuerte golpe en el corazón. Aquella muñeca vieja, había sido el mejor juguete que había tenido.

Los recuerdos brotaron al igual que sus lágrimas. ¿ cómo podía haber desechado de su vida tantas cosas?, esa muñeca fue un regalo, quizá el mejor y más autentico regalo de toda su vida. La abuela Isi, con algunos trapos que tenía guardados en el cajón de la costura, le hizo aquella muñeca para su cumpleaños. El día que le regaló su abuela  a Marcelina, así llamó Andrea a la muñeca de trapo porque le recordaba a la anciana vecina Marcela, se sintió la niña más afortunada del mundo. Esa muñeca, fue la primera y la única que tuvo en su vida. Las lágrimas, rodaron por sus mejillas. Ver de nuevo a Marcelina, después de tantos años...la derrotó.

Con los ojos húmedos, Andrea se asomó a la ventana con la muñeca Marcelina en su regazo. Detrás de las  olorosas madreselvas, se podía ver asomar el tejado de la casa de la señora Marcela. Allí estaba semi derruida lo mismo que la casona de sus abuelos.

 De repente, todo lo vio tremendamente claro, el sol se lo estaba diciendo con sus haces de luz.

Ese lugar, el canal con sus juncos, las madreselvas de la finca de sus abuelos, la vieja casona, su habitación, la muñeca de trapo...todo había formado parte de ella, de esa Andrea que se alejó un día para encontrarse a si misma. Sin embargo, no había sido feliz.

Ahora su pasado volvía, la llamaba para decirle: - este es tu lugar, tu lugar Andrea...-

Asomada al ventanal de su habitación, Andrea tomó una decisión. La mejor y más firme decisión.

Se quedaría. Esta vez no se marcharía. Debía retomar su vida y lo que sus abuelos la habían dejado.

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Hoy,  muy cerca del Canal de Castilla, hay una casona rodeada de madreselvas. Junto a la puerta, en un cartel en madera noble y con letras blasonadas se puede leer “ La casona de Isi y Çándido”.

Andrea vive allí, pero...no vive sola. En la vieja casona, van y vienen amigos. Algunos se quedan un fin de semana, otros quince días... Es una casa rural, una acogedora casa  junto al hermoso Canal de Castilla.

Dicen, que a su dueña le costó mucho levantarla de sus ruinas, pero..dicen también quienes la conocen, que no hay mujer más feliz en este mundo, y si le preguntas cómo lo consiguió, te dirá: todo comenzó con un regreso...

 

 

                            Pilar Martinez Fernandez

Año 2004. Seleccionado para VII certamen de Relatos breves de mujer 2004 Ayto de Valladolid