Publicado en Diario de Valladolid EL MUNDO sábado 12 abril 2008 en Tribuna Libre.
Primero el mal, luego el remedio
No se suele poner el remedio antes que la enfermedad, digamos que difícilmente se puede curar aquello que no existe, pero tampoco es tan raro que para evitar un mal se pongan ciertos remedios cuándo existe un riesgo. Es algo que el propio sentido común nos dicta aunque, ¡ Pobre sentido común¡, bien se ve que en más ocasiones de las que se acierta a entender, es el menos común de los sentidos y la lógica va a la inversa, primero el mal y luego el remedio.
En este país nuestro, ignoro que ocurre en otros países aunque supongo que en todas partes cuecen habas, a los pederastas y violadores se les otorga una gratuidad en sus delitos que causa verdaderamente pavor. Pueden campear por la calle a sus anchas antes y después de ser juzgados. Antes porque sus juicios pendientes, no ven día y hora para recibir justa sentencia del tremendo trabajo que se acumula en los juzgados, y después porque las sentencias, a tenor de lo establecido por ley, suelen ser ínfimas en comparación con el delito y el tremendo daño que causan. Unos pocos años en la cárcel, atenuados por un calculado buen comportamiento, es suficiente pago y castigo ahora mismo para unos delitos deleznables en los que, para colmo de males, suelen ser reincidentes.
No es extraño, pues, que la gente caigamos en cierta desesperanza con la justicia. Ante ese último triste caso de la niña Mari Luz, muchos nos estamos preguntando hacía dónde y de qué manera mira la justicia en este país, y muchos también empezamos a pedir que se otorgue protección a quienes verdaderamente la merecen, y no precisamente a los verdugos y asesinos con quienes la benevolencia llega a ser una absoluta incongruencia.
El hecho de saber que el asesinato de esta niña pudo evitarse de haberse celebrado los dos juicios pendientes que tenía su asesino por abusos sexuales, ha levantado un debate social en torno a nuestro sistema judicial y sus leyes, primero por su falta de celeridad y segundo por sentencias y penas que no están a la altura del delito cometido.
Ahora surgen los interrogantes, la búsqueda de responsabilidades, cabezas de turco a quién echarle la culpa, pueriles excusas capaces de echarle la culpa a una funcionaria por caer de baja, pero lo triste una vez más es que se cumpla la máxima de que primero ha de ser la calamidad y luego la enmienda.
Mari Luz no ha sido un caso aislado. Han existido y existen muchos otros casos. En realidad, nuestros hijos y nosotros mismos, podemos ser también Mari Luz. Podemos serlo porque ignoramos si nuestro vecino es un pederasta, un violador, un psicopata...y lo ignoramos porque hoy prima proteger la identidad del verdugo.
Pues no señor. ¡ Ya está bien¡. Estas personas sin entrañas no merecen más protección que mis hijos, que los hijos de mis amigos, que usted o que yo. No merecen más protección que un moroso, quien al fin y al cabo cae en impagos no en delitos de sangre o de abuso sexual, como tampoco lo merecen más que el dueño de un perro a quién enseguida se busca por el microchip del animal en caso de abandono.
Si en estos casos, existen listas con nombres registrados para evitar redundar en daños, chips identificativos y demás medidas correccionales, es de recibo que existan con mayor motivo para identificar y tener controlados a pederastas y violadores que una vez en la calle, son reincidentes confesos y un riesgo constante para nuestra seguridad y la de nuestros hijos.
Debemos como sociedad hacer un punto de inflexión en este aspecto, pero aún más tenemos la obligación de poner mecanismos que nos protejan. Primero y primordial, evitar esa ralentización que existe en los juzgados con los juicios, eliminando tanto rigor burocrático que lo único que hace es alargar los procesos judiciales y contratando, si es necesario, más personal. Segundo con sentencias firmes, algo que debe venir acompañado de un endurecimiento de las penas y que requiere una vez más templanza de nuestros políticos para elaborar leyes proporcionales a los delitos que se cometen sin premios adicionales por buen comportamiento carcelario, permisos o reducción de condena. Y, tercero y no menos importante, elaborar una lista negra de pederastas, violadores y asesinos para conocimiento de unos ciudadanos que tienen derecho a saber quién vive en su rellano de la escalera, en su barrio o en su pueblo. Tampoco es descabellado exigir que lleven un microchip de por vida en su piel y tener controlados sus movimientos, nunca ese estigma les será tan doloroso como el que provocan en sus victimas y en el corazón de sus familias.
Hecho el mal, cierto que ya no hay remedio que repare el profundo dolor que deja una muerte tan sin sentido como la de una niña de cinco años y tantos otras, pero que al menos no sea en vano. Es tiempo de remediar lo que tanto mal puede seguir causando. Un violador, un pederasta, un asesino no puede tener más privilegios ni más protección que una niña de cinco años. Eso no es de justicia. Eso es una vergüenza. Y la sociedad una infame si, consciente del mal, no pone remedio. Pero, hagámoslo hoy. Exijámoslo hoy, porque mañana, otra vez será tarde y lo volveremos a lamentar.
Pilar Martínez Fernández.